El otoño del patriota

La fuerza tranquila del texto del 78 y esos policías tan heroicos como mal pagados

JESÚS NIETO JURADO

Era sábado y el otoño tomaba mando en plaza el cuadrante Norte de la Península. En la estación de Aguilar de Campoo hacía fresco. Nublado. El teso verde. En la cafetería Antonio tomará el tren pendular que lo dejará en Benidorm. Palencia y Valladolid, Segovia, Madrid y Cuenca. En la cafetería del tren unas chicas de despedida de soltera desayunan ya con coña marinera. Viene desde Santander. En el 'Diario Montañés' se lee la columna de Alcántara con una foto antigua en la que el bueno de Manolo mira al horizonte, quizá mascullando ese verso suyo que estos días se hace necesario y en el que se preguntaba desde la orilla del Cantábrico sobre esto que llamamos España. España podría estar o no al borde del precipicio, pero en los edificios al borde de la vía se veían banderas constitucionales. Edificios de ladrillo visto, mástiles improvisados. Y un sentimiento patrio, sano, de un vagón a otro del tren. Un teléfono suena, alguien habla de Cataluña con un cuñado. Me llama Luis Eduardo Siles, desde Huelva, para preguntarme por los estrenos teatrales para el otoño. El tren arriba a la estación de Chamartín, y en la librería de publicaciones urgentes hay un chorro de libros con la bandera catalana. Han corrido ríos de tinta, ensayos de encargo, con el argumento ensayístico de la equidistancia. Tomo un trankimazín, llego a Atocha. En el AVE de vuelta a Málaga hay el típico runrún sobre lo que pueda pasar hoy, mañana, ayer. Mi madre me espera en María Zambrano, me convida a un pitufo de catalana, quizá por esas casualidades históricas de nuestra gastronomía. El móvil, cuando me da por consultarlo, hierve de memes y de guasap. Mil kilómetros de tren más tarde duermo, me acuesto con un sueño raro. Madrugo y salgo a correr. Farid ha colgado una bandera de España, y eso que es domingo y no abre. La radio es un runrún continuo de opinadores defendiendo la Constitución y echando horas extras. No niego que éste que les escribe siente un sano orgullo de su bandera, quizá sea porque lo que cuelga del balcón sea la metáfora y la representación textil de la libertad que se dieron, hace ya unos años, nuestros mayores, que pidieron la paz y la palabra.

Creo que hay momentos en los que el sano patriotismo, el de la bandera sana, nos inmuniza de aquellos que han venido pervirtiendo eso tan sagrado de la libertad y de la democracia. Somos un pueblo viejo y maduro, y en fechas como éstas conviene recordar y recordárnoslo con la fuerza tranquila del texto del 78 y esos policías tan heroicos como mal pagados. Se me escapa una lágrima, y quizá eso sea que llaman el vértigo de la Historia. El mundo se va al desguace, sí, pero desde el Mar del Japón a las parameras de Texas. Pero yo me insisto en eso que confesó un exministro: «hay partido». Dios lo oiga, lo cuide y lo bendiga.

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