Dos orillas, mismo sol

Uno es español con lectura, conciencia y mucha calma

JESÚS NIETO JURADO

Tenía pensado escribir hoy de esa otra ciudad, ajena a los debates, que pasea su particular forma de ser en ese recinto mágico de belleza y reposo que hay en 100 metros a la redonda de la Catedral. Quisiera escribir del bullicio, la pujanza de la ciudad, incluso de la Torre de la Catedral desde mi perspectiva, que de tan personal es cambiante, y que depende hasta de mis digestiones o del calendario pascual.

Podría haber teorizado sobre el final del verano, y esos días recuperados para la playa silente que preceden a 'todoslossantos'. Podría, digo, consignar esa Málaga que va y viene de sus labores, que el domingo ve atardecer desde el Balneario y que gracias al 'atardecielo' en la Bahía le gana a la Parca un día más de vida.

Lo de Cataluña anda a machamartillo en las conversaciones del bar. Felicito en el de Farid al maestro Juan Cano por su reciente premio, y sin embargo la conversación pasa a Cataluña. Y es que es difícil de entender que en un arreón de la Historia se destroce un coche de la Guardia Civil y se dé un golpe de estado desde arriba y contra todos. Uno, yo mismo, es un convencido español por conciencia, pero calmado por ello mismo.

De repente, lo que imaginábamos como un brindis al sol, el 1-O, se ha convertido en la mayor amenaza que yo he vivido desde el 'tejerazo'; que no viví. Y ya he dicho que Barcelona y Málaga tienen o tenían un no sé qué que las hermana: quizá sea el viejo mar y un talante de puerto que vuelve al hombre tolerante y desprendido. En los televisores, en la mañana, en la columna de Alcántara y en el grupo de WhatsApp todo nos lleva irremediablemente al trío Puigdemont, Junqueras y la CUP, que es un contradiós que hace camino al andar y desprecia cuanto ignora.

Ahora en Barcelona se hace patria escupiendo a un 'guardiacivil' mal pagado; se ven en 'prime time' los peores tiempos de la 'kale borroka' pero al sol crudo del Mediterráneo que, repito, es un poco como el nuestro. Hoy no le tomo el pulso a la provincia, pues que no puedo sino aprovechar esta tronera para dejar traslucir mi miedo, mi cansancio, y mi desazón por un «país que gusta de hacerse daño», según me cuenta un escritor persa y bigotudo en el tren de vuelta, que no era el Transiberiano ni el de Campoamor.

Y sí. Releo a Jaime Gil de Biedma, otro incómodo para su tiempo; un tiempo que quizá no fuera tan diferente al actual. Se me vienen a la memoria aquellos versos suyos de que el otoño será duro, de un consejo de ministros y de la lluvia por la cordillera Costero-Catalana. Y sí, voy temiendo a octubre como un dolor de muelas. Aquí se acortan los días y siguen los mosquitos. En las dos orillas y bajo el mismo sol.

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