Orden mental

Tendemos a creer que una intuición poco informada, pero emocionalmente cargada, debe tener mucho peso porque a nosotros nos parece incontestable

Lo habitual cuando estamos ante un tema complejo y desconocido es pensar con desorden, ir de una idea a otra sin conexión alguna, y tender a creer que una ocurrencia que nos ha venido a la cabeza es en realidad una relación sorprendente que nadie ha visto antes y que a todo el mundo convencerá. Si les parece que exagero es porque han ido a pocas conferencias o porque no leen a menudo los comentarios de los lectores en los periódicos digitales. Tendemos a creer que una intuición poco informada, pero emocionalmente cargada, debe tener mucho peso porque a nosotros nos parece incontestable. Y no vamos a dejar, por supuesto, que alguien que conoce bien el tema nos desilusione. A saber los intereses que hay ocultos detrás de su corrección o de su desmentido. Esta actitud es además independiente del grado de formación académica. El desorden en el pensamiento lo podemos encontrar en un profesor de física cuántica, en un abogado o en una persona sin estudios. Y sospecho que este proceder no se da solo cuando el tema alcanza una cierta dificultad, sino incluso en los asuntos más cotidianos, incluyendo entre ellos a los asuntos políticos.

Ante este panorama, cabe preguntarse por qué no existe algo así como una ética del pensamiento, es decir, una convicción profunda de que tener un pensamiento desordenado es equivalente a exhibir un carácter vicioso, y que convendría, al menos para ser bien considerado por la sociedad de los congéneres, cultivar alguna virtud que lo suavice o incluso -pongámonos exigentes- que lo elimine. El desorden en el pensamiento sería algo parecido, de hecho, a la mezcla de dos viejos pecados capitales: la pereza y la soberbia. La pereza de no molestarse en adquirir buena información, estructurarla adecuadamente y razonar con rigor sobre ella, y la soberbia de pensar que lo que uno cree, por ese mismo hecho, es ya lo suficientemente bueno como para que lo crean los demás también.

No sé cuál de las dos cosas es más dañina. La pereza nos lleva a aceptar cualquier patraña que a uno se le ocurra o que sea sugerida por algún simpático y habilidoso influencer como una verdad revelada. Pero la soberbia nos lleva a exhibir sin ningún pudor esa patraña, quedando por lo habitual en ridículo, lo sepamos o no. La soberbia lleva, por ejemplo, a un periodista o a un youtuber extranjero, que han oído la palabra 'Cataluña' hace un par de días por primera vez, a grabar un vídeo para explicarle a varios millones de indocumentados de qué va el asunto del independentismo.

Un amigo me decía hace tiempo que a toda persona al nacer le debían dar tan solo diez folios para toda la vida, de modo que se pensara muy bien qué iba a poner en ellos. Afortunadamente, no se ejecuta una medida tan drástica contra la banalidad en la escritura, porque si no, este artículo no existiría y el mundo académico se vendría abajo. Pero yo me planteo seriamente si no sería conveniente restringir el tiempo de grabación publicable en internet por cualquier ciudadano a unos diez minutos o poco más. Así todo el mundo escogería mucho mejor lo que va dejar para la posteridad. Aunque mucho me temo que esto abriría un mercadeo de tiempo.

Días atrás, un afamado periodista contaba en una sobremesa que otro afamado periodista allí presente paralizó un programa de radio cuando le dijo al entrevistador que él de ese tema no sabía y que no iba, por tanto, a opinar. Esto debería ser, sin embargo, la regla si es que hemos de ser honestos intelectualmente, es decir, si es que hemos de poner en práctica esa ética del pensamiento que antes mencionaba. Ante una interpelación, se oye demasiado poco -cada vez menos- la réplica de «mire usted, yo es que de eso no sé». Conste aquí que me incluyo en el reproche.

Un buen modo de hacer propósito de enmienda es tratar de encontrar la próxima vez que uno abra la boca no sólo una buena razón para hacerlo, sino una buena razón para sustentar lo que se va a decir; porque, como dijo el admirado actor y filósofo Clint Eastwood en 'La lista negra', las opiniones son como los culos, todo el mundo tiene uno. En cambio, no son tantos los que además de una opinión tienen una buena razón (y no solo una buena corazonada) para sustentarla. No digamos ya los que se han molestado en contrastarla.

Y después de buscar una buena razón para sustentar lo que se va a decir, debería uno asegurarse de que es relevante en el contexto en el que se va a decir, de que no se trata de una media verdad, y de que la razón por la que uno lo sustenta no tiene mucho de idiosincrática. Ítem más: debería uno asegurarse de que no es una opinión a la que uno quiere dar autoridad tomándola prestada de la que pueda tener en otro ámbito completamente ajeno al que se está discutiendo. Ya sabe, cosas del tipo: «cómo científico, opino que la política del partido A es la acertada», o «cómo filósofo, le digo que la teoría de Darwin no vale nada».

Tampoco vendría mal hacerse con un tratado divulgativo de falacias, para evitar las más comunes, como el argumento ad hominem, el favorito de los políticos: «y usted me dice eso, cuando usted es un sinvergüenza (o lo hizo mucho peor)». El interpelado podrá ser un sinvergüenza, en efecto, pero eso ni quita ni pone a la validez de lo que esté afirmando; y es a eso a lo que debería contestarse. Una cosa más, por cierto, para la que es útil la filosofía. Y aquí lo dejo, porque todo esto empieza a estar un poco desordenado.

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