La orden mendicante del libro

El extranjero

Antonio Soler
ANTONIO SOLER

Ante lo que debería ser un sonrojo público, la Fundación Unicaja ha salido al rescate de la indigente Feria del Libro de Málaga, que ni siquiera tenía presupuesto para pagar la vigilancia nocturna de las casetas. Solo que aquí no se sonroja nadie. La vergüenza, como el libro, parecen decir, es una cosa antigua, algo cursi que llevan consigo los elefantes camino de su cementerio o el medio obsoleto que utilizan cuatro desubicados para soltar su rollo. La Fundación Unicaja ha salido en defensa de la doncella cojitranca, una feria del libro que no hace tanto podía estar entre las cinco mejores de España y que ahora, harapienta, apenas consigue ese estatus entre las ferias de Andalucía.

Málaga es la capital de moda, de la cultura, sí, pero de otra cultura. La autoridad portuaria no quiso volver a acoger la feria después de unos años relativamente pasables porque según dicen los libreros y los libreristas ocasionaban mucha basura y desperfectos en sus muelles. Otras instituciones aportan una pequeña cuota alquilando una caseta con un suplemento, un aguinaldo. El Ayuntamiento, gran mecenas de la cosa, contribuye con doce mil euros y dice no poder asumir más gastos. A saber qué porcentaje representa esa cantidad con respecto al Festival de Cine, por ejemplo. Y eso que, como decimos, el Ayuntamiento es aquí el héroe, aparte de los libreros, naturalmente. Sí, todos dicen estar muy preocupados por la cultura, por el mundo del libro, por la feria. Hace apenas una década, la de Sevilla era casi tan lastimosa como la actual de Málaga. Hoy está entre lo más lucido del país. Su éxito no es un misterio. Inversión y buena gestión, apoyo de la Fundación Lara (Planeta) que ve correspondido su esfuerzo por las instituciones locales.

El director del evento malagueño se ve desbordado y ha esgrimido el argumento del excluido social que pone el platillo. «El mundo del libro es tan pobre que con un poquito de presupuesto se hacen maravillas». Deme usted algo. No. El mundo del libro es una industria. Y desde luego no es una industria pobre. Otra cuestión es que haya mucha precariedad en sus márgenes y que la crisis económica se haya cebado con ella. Pero que vayan a preguntar al mundo del cine o del teatro, a esos actores que actúan en habitaciones de hoteles o trabajan poniendo copas, cómo les va. Solo falta decir que ni siquiera hace falta la vigilancia en la feria porque ¿quién va a querer llevarse libros, esa basura? Y en cuanto a la falta de interés, que vayan a La Térmica en su Noche de los Libros y vean las colas, los salones abarrotados o a los libreros vendiendo como en el mejor de sus sueños. Abandono, desinterés, cuesta abajo. Nadie está dispuesto a hacer un mínimo esfuerzo por la Feria del Libro. Poco importa que la inaugure un poeta tan espléndido como Mesa Toré o que participen unos cuantos escritores de postín. La visten con remiendos, la gente otea el guiñapo y dice adiós.

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