Optimismo y también caja

Sin ir más lejos

José Vicente Astorga
JOSÉ VICENTE ASTORGA

De entre las muchas cosas buenas del turismo está que esa preocupación y el cansino runrún de que hay que hacer algo empiezan a dejar paso a ideas más allá de ir salvando el día a día. El éxito puede acabar poniéndolo todo perdido, y entonces si que no habrá Limasa IV, pública o mixta, que pueda devolvernos en poco tiempo al brillo anterior. El debate sobre la turistificación de Málaga va mucho más allá de las terrazas, una polémica tan artificial como ponernos a discutir sobre si la Unión es un barrio masificado. Negar el confinamiento hostelero que sufre el peatón en el Centro, como hacen tantos empresarios, está entre esas huidas hacia adelante tipo Puigdemont para independizarse de la realidad. Si el turismo por inundación va a ser capaz hasta de desempolvar La Equitativa después de que proliferen cientos de negocios de todo tipo -desde alquiler de bicis al de garitos para nómadas digitales, desde bocaterías a estrellas Michelin, desde hostels a suites cinco estrellas-, en el terreno público parece que toca a su fin el tiempo de la autocomplacencia por haber situado a la ciudad entre los destinos de moda. Siempre está ahí el riesgo de una inacabable siesta en los laureles del éxito promocional. Afortunadamente, aunque con retraso, llega un goteo de planes y medidas para que la gestión municipal del turismo cultural deje de dedicarse sólo a administrar adjetivos para el optimismo y empiece a alimentar la caja común sin necesidad siquiera de ecotasa, ese otro debate en los planes de cualquier antipático negociado de precocinados fiscales. La anunciada inversión municipal de siete millones en el conjunto Alcazaba-Gibralfaro y la perspectiva de superar los dos millones de ingresos anuales gracias a un cambio radical en el conjunto más visitado de la ciudad, -y sobre todo, en su gestión-, tiene toda la pinta de convertirse en nuestro caminito del rey municipal, en tesoro redescubierto. La taquilla no llegará a ser tanta ni tan divina como la de la Catedral, pero aquí también las herencias del pasado bien gestionadas encierran un proveedor de ingresos inexplicablemente escondido. Pablo Alborán puede convertir el castillo, además, en un nuevo mirador de San Nicolás con la presentación mundial de su nuevo disco. Eso si que suena bien para la ciudad, aunque los andamios estorben demasiado tiempo a la marea humana en busca de selfies. No mucho después sabemos por Antonio Javier López -tan escrutador de litografías como de presupuestos culturales- que habrá cambio jurídico de fundación para la Casa Natal, lo que permitirá reducir su factura fiscal en casi 600.000 euros, y así adelgazar gastos de la agencia municipal de los museos. El éxito turístico de la ciudad se viene trabajando de forma silenciosa y constante -el observatorio turístico local no es cosa de ayer- y por fin se empiezan a hacerse números nuevos más allá de contar visitas. La lenta máquina de la Administración afina su lápiz para que las cuentas de la ciudad cultural mejoren. No todo va a ser darle vueltas al recibo del agua o a la ordenanza de las terrazas.

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