Después de diez años de una grave recesión económica que ha tenido un terrible impacto social que posiblemente no se recordaba desde que a finales de los cincuenta, cuando el régimen franquista dio un tour de force con el plan de estabilización que pretendía situarnos en la racionalidad europea, pocas observaciones se han realizado de la situación en la que nos encontramos, no ya en el continuo esperpento español que diría Max Aub, sino en el territorio donde vivimos, la gran conurbación de la Costa del Sol y su capital Málaga.

Existe una cierta sensación mediática que señala el magnífico posicionamiento de la marca Málaga, referente internacional del turismo, la renovación tecnológica y la modernidad que se ha logrado en pocos años, como si se tratara de la imagen radiante y próspera que como una adormidera utilizaba el cine de Hollywood ya en los felices años veinte.

Frente a ese cine de ensueño y satisfecho de sí mismo se revindicó en los mismos años veinte un cine transgresor, al tiempo que innovador como el expresionismo que mostraba las sombras del paisaje interior lejos de las convenciones sociales que trataban de edulcorar la realidad.

Cuando en 2007, Málaga facturaba 47.000 viviendas, el 20% de las que se hacían en Francia o Alemania, la población activa en el sector de la construcción llegó a suponer el 21% del conjunto de la economía, cinco veces que los trabajadores dedicados a esa actividad en los países señalados.

La tasa de desempleo llegó a un mínimo histórico del 10,5% (en España al 7,8%), lo que mostraba un nivel de economía subterránea considerable teniendo en cuenta que la locomotora productiva iba a las máximas revoluciones. Con todo el viento supuestamente a favor la renta familiar disponible en Málaga seguía sin superar el 80% de la media española, la misma situación que tenía cuando en 1967 se comenzó a emplear este indicador.

Parecía haber una cierta paradoja, ¿cómo después de un crecimiento económico tan acelerado desde los primeros años sesenta, con unos costes sociales y ambientales tan elevados (uno de los niveles de urbanización continua de la primera línea de playa más elevados del Mediterráneo), los millones de turistas que llegaban cada año, la febril actividad económica desarrollada en la Costa, no se había aumentado el nivel de renta de los malagueños?

El frenesí del boom inmobiliario de aquellos años no contemplaba pensamientos taciturnos, tampoco el brutal golpe de la crisis dejó tiempo para la melancolía, con sobrellevar los pesarosos niveles de desempleo que llegaron al 36%, había suficiente.

La dura caída inició alguna breve reflexión sobre la necesidad de cambiar el sistema productivo, de aprovechar la depresión para resetear un sistema frágil y demasiado escorado hacia la construcción y los servicios turísticos. Sin embargo, rápidamente se comenzaron a oír voces que anunciaban la llegada de los primeros brotes verdes. Y quien no los veíamos por ninguna parte éramos calificados de agoreros y pusilánimes frente a posturas tan animosas y enérgicas.

Sin embargo, las consecuencias de la recesión económica han sido demoledoras. A comienzos de 2018 tenemos un desempleo del 20% que en el mejor de los casos tardará hasta la mitad de la próxima década en alcanzar los niveles de 2007. Y ni siquiera ello sería comparable, porque los niveles de precariedad son mucho mayores, y una persona empleada con un sueldo mínimo y una jornada de trabajo amplia puede tener problemas para llegar a fin de mes. La tasa de pobreza en Málaga ronda el 24%, mientras la relación de Gini que mide la desigualdad de ingresos de la población aumenta sensiblemente. La tasa de abandono escolar sigue siendo de las más altas del estado.

El desempleo en los jóvenes supera el 40%, y en algunos barrios, de la ciudad de Málaga, la segregación urbana, llega al 60. Como señalaba recientemente el Observatorio de Emancipación de Andalucía el 96% de los contratos realizados a jóvenes son temporales. En Málaga, un joven tendría que dedicar el 81,3% de su sueldo para comprarse una vivienda.

Tampoco todos los jóvenes, ni todas las personas. Algunas no han tenido esos problemas porque se está creando una sociedad dual, la de hombres y mujeres que tienen un trabajo estable y una estabilidad económica que les permiten llevar el tipo de vida que antes conocíamos como habitual, y en la que el trabajo y el esfuerzo tenían como recompensa una mejor calidad de vida. Y la vida de otras personas y familias que enredadas en un laberinto de desigualdad tienen pocas oportunidades de salir de la vulnerabilidad y la exclusión social.

No es una mirada agradable, pero es la realidad no endulzada a la que tenemos que hacer frente con metodologías innovadoras e instrumentos nuevos. En el siglo XXI no sirven los viejos paradigmas ya a fuerza de repetirlos una y otra vez, obsoletos y caducos. Ni las formas heredadas, ni las instituciones decimonónicas nos sirven para afrontar el futuro.

Por ejemplo, la mayor parte de las administraciones continúan funcionando con los mismos esquemas y estructuras trasnochadas de hace un siglo. Algunos creen que por introducir formas aparentemente modernas como la administración electrónica se logra estar al día, pero no son conscientes, a lo mejor tampoco les interesa, que las formas de relación con los ciudadanos siguen siendo decrépitamente burocráticas, lentas, parsimoniosas y frustrantes.

Dos ejemplos más: la renovación de la Ciudad Antigua no se realizó para desembocar en un parque temático con el espacio público consumido. Esa situación se vive ya en muchas otras ciudades. Los avances de la nueva Ley del Suelo andaluza no se encaminan a una renovación radical como merece el marasmo urbanístico y territorial. Parece que va a nacer ya vieja y desfasada.

Cuando se elige un camino que nos conduce al largo plazo es muy difícil de rectificar si te has extraviado. Ideas y planes obre el futuro de la ciudad hay muchas. Pero voluntad de llevarlos a cabo con rigor, poca o ninguna, o en todo caso escasa capacidad para llevarlas adelante.

Los famosos 'mercados' nos ven como un lugar apacible de buen clima, pero no buscan profesiones especializadas y de alto nivel de investigación, sino cualificaciones medias y no diferenciadas, que es precisamente lo que Málaga ofrece. La reiteración de más de lo mismo. La sensación de perder oportunidades.

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