LEY Y OPINIÓN

Antonio Garrido
ANTONIO GARRIDO

El lenguaje es el instrumento más maleable que existe. Todo es posible con este medio, el único verdaderamente humano. Las palabras se pueden tergiversar como vengo demostrando.

El verano se llena de campus donde se imparten los cursos más peregrinos. Algunos son muy buenos y otros satisfacen necesidades aparentes que quedan en nada; mejor dicho, en unos estupendos días de vacaciones pagadas, no demasiado pero sí lo suficiente. El que escribe ha pasado por las tres fases: alumno, profesor y director de los mencionados cursos de verano.

Participo en uno sobre la Constitución Española y su reforma, con especial atención a Cataluña. Lo primero que me llama la atención es que se presenta a un señor radicalmente independentista como «independiente»; es decir: «(persona) que sostiene sus derechos u opiniones sin admitir intervención ajena». Se supone, en consecuencia, que este señor tiene un plus sobre los que admiten estar de acuerdo con unas siglas, las que fueren, y que, por tanto, son «dependientes».

Esta mentira que puede llegar a falacia se ha establecido como materia admitida. Cualquiera de nosotros es dependiente de nuestras opiniones, sometidos a siglas o no. Somos hijos de nuestras opiniones, de nuestros juicios. Este señor era un vocero de los independentistas catalanes, bien por coincidencia de ideas, bien por favores concedidos; por ejemplo, sustanciosos premios y puestos.

Hay que ir al texto, al discurso en este caso. Se trata de una copia exacta de los que consideran a Cataluña una nación que tiene derecho a la independencia y a gozar de todos los privilegios, ya que, siquiera de manera subliminal, son superiores al resto de los habitantes de la península, esos españoles que roban y expolian. Este planteamiento de un «independiente» no da más valor a sus opiniones: «Juicio o valoración que se forma una persona respecto de algo o de alguien», tampoco menos. Hay que tomarlas en sus justos términos.

Las opiniones pueden ser tan diversas como los granos de arena de la mar y todas son respetables como tales, hasta las más peregrinas y disolventes como la de que, lo escuché a una señora, Macron no ha sido elegido democráticamente o esta otra, la Constitución Española hay que cambiarla porque ya tiene cuarenta años, curioso argumente. La francesa viene de 1958 y a nadie se le ha ocurrido opinar sobre su ancianidad presunta.

Insisto en que las opiniones son libérrimas pero otra cosa es la ley, la norma sancionada de manera adecuada según los procedimientos establecidos por esa misma Constitución que hay que cambiar, quizás sí. La ley es «Precepto dictado por la autoridad competente, en que se manda o prohíbe algo en consonancia con la justicia y para el bien de los gobernados».

No me cabe duda, esto es opinión, que los redactores de nuestra cuarentona Carta Magna querían lo mejor para los gobernados. El texto se aprobó de manera democrática y sigue en vigor hasta que se modifique. Se han hecho estudios sobre su composición y se observan los puntos débiles en los que los redactores estaban o se sentían condicionados, caso del Título VIII, que tantos problemas está trayendo.

Se pasó de un estado muy centralizado a uno, de facto, federal. Las autonomías y nacionalidades son actualmente la manera de organizar los territorios y el DRAE incluyó una acepción muy interesante, referida específicamente a España: «Comunidad autónoma, en la que, en su Estatuto, se le reconoce una especial identidad histórica y cultural» para referirse a nacionalidad. Si nos atenemos a lo definido esa idea de nación cultural ya está recogida en el diccionario con el nombre citado.

La ambigüedad y hasta la mala redacción desaparecen en aspectos fundamentales, como sucede en el artículo segundo de la Constitución que la «fundamenta», ni más ni menos, en la «indisoluble unidad de la Nación española» y remacha: «patria común e indivisible de todos los españoles». Esta es la ley. No caben subterfugios interpretativos. Cosa distinta es considerar que Cataluña no es España y que los catalanes no son españoles, con lo que los afanes independentistas son claros y llevan directamente al golpe de estado, nada nuevo bajo el sol por cierto.

Los que no tienen nada que hacer critican a la RAE y no es que no existan motivos para hacerlo pero no tantos como estos eruditos a la violeta señalan. La RAE es lenta pero ha evolucionado y está más próxima a la realidad del uso. Ya hace tiempo que se emplea el infinitivo con valor de imperativo. ¿Quién no recuerda a Lola Flores diciendo aquello de irse si me queréis? Ya está aceptado. Es verdad que idos ya no lo usa nadie y el infinitivo ha ganado la batalla. Pues muy bien.

Las valoraciones cambian con los años y hoy usar idos suena hasta cursi, muy cursi.

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