Los ojos de un lobo y la mirada de un cocker

FRANCISCO APAOLAZA

Cuando tenía quince años, Johnny Hallyday se puso un traje y una corbata, y entró por primera vez en el Snack Spot de Saint-Lazaire como el que entra en combate. En aquel garito de París se olfateaban las últimas tendencias musicales y las niñas bien de la ciudad aceptaban que les pagaran una ronda. Él tenía los ojos de un lobo y el aire desvalido de un cocker. Ellas lo miraron como antes se miraba a un perro. Esa herida lo acompañaría siempre. Dedicaría su vida a conquistar a las mujeres inalcanzables del Snack Spot.

Hubo muchas mujeres en su vida. La primera de todas fue Sylvie Vartan, 'la plus belle pour aller danser', una mujer para perder una vida. Solo perdieron quince años. Entre 1985 y 1995 se casó cinco veces, dos de ellas con la misma mujer. La última fue Laetitia Boudou, una actriz treinta años menor con dos piernas interminables. Ella, que entonces tenía veinte años, comunicó ayer que el cantante había fallecido por un cáncer de pulmón a los 74 después de escenificar la apoteosis de la juventud eterna. Hay hombres extraordinarios, pero el tiempo es un atleta imbatible.

Jean-Phillipe Smet antes de ser Hallyday se metió en un cine de Pigalle a ver una película. No era una de vaqueros y además, cada vez que aparecía el protagonista, las chicas del cine entraban en una curiosa efervescencia que le molestó. Se fue. Esa noche pensó en qué hacía ese tipo para volverlas locas. Siempre estudió a las mujeres con curiosidad y método, como un entomólogo. Pasó la noche en vela dándole vueltas a lo que él había hecho mal, a por qué él no. El hombre ha hecho grandes cosas por conquistar una mujer. Yo conozco a uno de Pamplona al que con quince años le levantaron una guiri por no saber inglés en Salou y juró que una y no más. Se puso a estudiar y ahora es un ejecutivo que hace negocios en todo el mundo y habla seis idiomas. Estábamos en Johny Hallyday, que al día siguiente volvía al cine de Pigalle a observar. En la pantalla apareció Elvis Preysley, movió la cadera y cantó 'Loving you'. Lo tenía. Salió corriendo por París en busca de partituras de rock&roll y solo se detenía de vez en cuando a mirar su reflejo en los escaparates. Johny Hallyday fue Johny Hallyday porque vio bailar a Elvis. Qué hubiera sido de haber visto bailar a Miquel Iceta.

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