El ogro filantrópico

LA TRIBUNA

Con donaciones tan millonarias, de lo que estamos hablando no es de generosidad ni de altruismo, sino de relaciones de poder, de saber en cada momento quién manda aquí

FEDERICO SORIGUERmédico y miembro de la academia malagueña de ciencias

El lector avisado habrá identificado el título de esta tribuna como el del ensayo publicada por Octavio Paz en 1978 donde denunciaba al Estado mejicano que, al mismo tiempo que subsidiaba a los pobres y llevaba a cabo actos humanitarios y solidarios con la población, censuraba y perseguía a parte de esa misma población. Un Estado a la vez filantrópico, represivo y violento.

Por una extraña asociación de ideas me he acordado del ogro filantrópico de Octavio Paz al leer estos días el debate sobre la donación de Amancio Ortega al Sistema Sanitario Público Español de 320 millones de euros para la financiación de tecnologías relacionadas con el diagnóstico y el tratamiento del cáncer. Diferentes CC AA, entre ellas Andalucía, se han beneficiado de esta donación y los medios, las asociaciones de pacientes y muchas sociedades científicas lo han aplaudido. ¡Por fin un mecenas en España! Por eso se han echado encima, como una jauría de lobos, contra algunos médicos, miembros de la Asociación para la Defensa de la Sanidad Pública (ADSP) que han cuestionado la bondad de la medida. El insulto más delicado que le han dedicado es de pertenecer a Podemos. La ADSP es una asociación progresista e independiente que tuvo un gran protagonismo en la transición y que contribuyó de manera muy importante a que el sistema sanitario se pareciera más al NHS británico que el modelo liberal americano. Y esto algunos aún no se lo han perdonado. ¿Cómo es posible estar en contra de una donación de esta naturaleza?, dicen.

La crisis que comenzó en 2007 ha sido una más de las numerosas crisis que el capitalismo viene arrastrando desde su nacimiento. En casi todas se le ha dado por muerto pero de todas emerge con más poder que nunca. Así ha sido, también, ahora que dicen que estamos saliendo. Es cierto que esta vez cundió el pánico y los buenos lectores de periódicos recordarán cómo los más eximios capitalistas de nuestro país (alguno ahora en la cárcel) llegaron a pedirle al Estado que impusiera una moratoria al mercado, ante lo que parecía su inminente hundimiento. No ha sido así, sino todo lo contrario. Los ricos son ahora los superricos y los pobres lo son más y más numerosos. ¿Y el Estado (democrático)? El pobre Estado, aquel viejo Leviatán de Hobbes, aquel desprestigiado ogro filantrópico de Paz, que fue incapaz de cumplir con su misión de interventor  del mercado evitando que pagaran el pato de la crisis los mismos de siempre, ha salido escaldado. El último Zapatero y los gobiernos del PP lo primero que hicieron fue acudir al mercado de la filantropía.

Las ONG se convirtieron en la infantería de marina de los sucesivos gobiernos para apagar los fuegos que la crisis iba dejando aquí y allá. Cáritas, esa ejemplar ONG, se convertía así en la más importante empresa de servicios de la sociedad española. Las organizaciones humanitarias, con la Iglesia católica a la cabeza, recuperaban así el protagonismo que la prosperidad les estaba hurtando.

Dicen ahora que estamos saliendo de la crisis y que nada será como antes, lo que es una perogrullada, pues nunca nada es como antes. Pero lo que quieren decir, en fin, quienes hacen tan sesudas advertencias es que el Estado (de bienestar) no podrá satisfacer las necesidades (ni los derechos) de todos los ciudadanos y que el hueco dejado por el Estado debe ser ocupado por la sociedad civil. En las trincheras por las ONG y en los presupuestos por los multimillonarios con vocación de mecenas. Es en este nuevo escenario en el que hay que intentar entender la denuncia de algunos miembros de la ADSP. Ningún mecenas tiene la obligación de serlo. Ni de serlo permanentemente. Ni siquiera tiene la obligación de serlo altruistamente.  Durante años, muchos ciudadanos, entre los que me encuentro, hemos reclamado una ley de mecenazgo que permitiera a los poseedores de grandes fortunas invertir en arte, cultura, ciencia.

Desde luego no creo que muchos estuviéramos pensando que una de las funciones del mecenazgo fuera sustituir al Estado en la provisión de uno de los servicios básicos como el de la salud. Por otro lado, este tipo de mecenazgo sería bienvenido en un país en donde la política de impuestos no discriminara positivamente a los muy ricos. No es el caso del nuestro (véase la reciente sentencia del TC sobre la amnistía fiscal). Son los impuestos y no el mecenazgo la vía más adecuada para conseguir recursos para los servicios básicos. Porque, hasta donde les he entendido, lo que denuncian los miembros de la ADSP no es el mecenazgo en sí, que pertenece a la cultura de las sociedades abiertas, sino la sustitución por el mecenazgo de las funciones que les corresponde al Estado. Desde esta posición este tipo de mecenazgo es caritativo e insolidario. Además no garantiza su continuidad,  que en el mundo sanitario es tan importante, pues como cualquier gestor sabe una vez satisfecha una necesidad sanitaria es muy difícil dar marcha atrás.

Los miembros de la ADSP han cuestionado también el objetivo al que se va a dedicar el dinero. Parece ser que es esta una decisión que han tomado las autoridades sanitarias. Esperemos que sea así y que las compras y el uso de la tecnología sean transparentes para evitar malos entendidos. Pero no hay que olvidar, como escribió Susang Sontag, que la enfermedad la sufren las personas, pero como constructo social la enfermedad es, además, una metáfora en la que se expresan muchas cosas, entre ellas las relaciones de poder, una cuestión de gran importancia a la hora de establecer las prioridades, como sabe cualquiera que haya tenido responsabilidades en el mundo sanitario. Porque con donaciones tan millonarias,  de lo que estamos hablando no es de generosidad ni de altruismo, sino de relaciones de poder; en última instancia, de saber en cada momento quién manda aquí, un asunto que no puede dejar indiferente a nadie.

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