El ogro

Juan José era un desterrado social, alguien a quien el mundo no duda en triturar y convertir en materia sobrante

Antonio Soler
ANTONIO SOLER

300 kilos de peso. Fueron necesarios ocho bomberos para sacarlo de su casa y transportarlo hasta el hospital. Antes de la corrección política y del mimo psicológico, a los niños de otro tiempo nos asustaban con la existencia de los ogros. Eran hombres grandes, gruesos y algo deformados que pagaban con el mundo sus anomalías. Atacaban a los niños para herir la parte más inocente de la sociedad, a modo de venganza. En tiempos pasados podrían haber tratado a Juan José, el hombre que pesa los 300 kilos y que requirió la ayuda de los bomberos, como a un ogro. Alguien a quien habría que rehuir o, en el mejor de los casos, llevarlo a un barracón para exhibirlo y que de esa forma miserable pudiera ganarse la vida. Está claro que el verdadero ogro era el mundo. Y sigue siéndolo. El caso de Juan José lo demuestra.

Era un niño al que le gustaba comer, atiborrarse de pan. Según él, el pan ha sido una especie de droga, el ansiolítico más eficaz para acabar con su angustia vital. A pesar de esa tendencia natural, se las ingenió para tener una vida digna trabajando como delineante en una empresa de Alicante. Combatía su predisposición a la obesidad con ejercicio riguroso y dieta. En esa época pesaba la mitad que ahora. 150 kilos. Y llegó el monstruo. La crisis económica que ha barrido y destrozado de un modo o de otro tantas vidas. Juan José perdió su trabajo. Tuvo que volver a vivir en casa de sus padres. El día siguiente de su regreso, el padre murió de modo repentino. Todo estaba preparado para el abandono. Y este se produjo en forma de depresión. Adiós al ejercicio y al intento de guardar unas pautas que lo mantuvieran dentro de la normalidad. La comida sí era ahora una auténtica droga. Un camino hacia la autodestrucción.

El hombre al que de niño le ponían el pan bajo llave tenía ahora vía libre para hundirse en una espiral sin fin. En ese descenso a lo más oscuro de sí mismo hubo, además, una vuelta de tuerca. Murió su madre. Si la comida era una droga, Juan José alcanzó en ese momento el punto de la sobredosis. La vida quedaba al otro lado de su habitación. Juan José era un desterrado social, alguien a quien el mundo no duda en triturar y convertir en materia sobrante. El infierno, como anunció Sartre, podían ser los otros, pero vivía dentro de él. El ogro del mundo estaba fabricando uno de sus hijos. Lo hace cada día y de mil formas diferentes. Estos años de crisis han sido una verdadera cadena de montaje. Inocentes transformados en despojos. La versión de Juan José ha sido la obesidad mórbida. Una de tantas. Por suerte, no todo es naufragio. El rescate es todavía posible. En la mente de Juan José hay una pequeña luz. Médicos y sanitarios han hecho suyo el caso. Aunque la segunda parte de la frase sea menos conocida, Sartre también dijo que el paraíso pueden ser los otros.

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