El oficio de censor

Antonio Soler
ANTONIO SOLER

El censor arquetípico era un señor con bigotillo dibujado a tiralíneas, gafas de pasta y un infierno portátil ardiendo permanentemente en su patriótico pecho. Senos de mujer, banderas rojas, marxistas, rijosos y judíos mantenían una combustión inacabable y purificadora. Algo que, visto desde hoy, tiene más de sainete costumbrista que de drama. Aquellos señores, sentados en las primeras filas de los teatros, medían las palabras o los centímetros de muslo femenino que mostraba una vicetiple y en base a eso elaboraban la frontera entre el bien y el mal. La sombra del comunismo, la amenaza del ombligo. Todo aquello quedó postergado para siempre. Enterrado definitivamente. Eso decían.

Quienes quedaron enterrados, por muerte biológica, fueron aquellos señores que velaban por nuestro confort espiritual. Pero el afán censor, controlador, regulador no murió. Todo lo contrario. Se transformó y se hizo menos burdo. Tanto es así que ahora intenta implicar a la mayor parte de los ciudadanos en su trabajo y hacernos sus colaboradores gratuitos y entusiastas de su oficio. El discurso ha mutado. Su tarea ya no consiste en acabar con los rojos, con las hordas judeomasónicas o con los libinidosos que quieren dejar ciegos a nuestros adolescentes por un exceso de masturbaciones. Ahora se trata de defender la democracia. Y eso nos concierne a todos. Palabra sagrada, crucifijo ante el que la bestia retrocede y nosotros quedamos obnubilados.

El descuelgue de las fotografías de Santiago Sierra en Arco ha dejado claro que la censura no deja de amenazar y que ya no necesita de aquellos siniestros funcionarios para ser ejercida. Tampoco son necesarios generales con gorra de plato y gafas ahumadas, basta con la pasividad de algunos políticos tipo Cristina Cifuentes. Las órdenes salen de modernísimos despachos con solo pulsar la tecla de un teléfono inteligente. O recurriendo a la vía judicial, como ocurrió la semana pasada en el caso del secuestro de 'Fariña', un libro de Nacho Carretero sobre el narcotráfico gallego que molestaba a un ex alcalde conservador. No hace falta estar de acuerdo con lo que expresen Carretero o Sierra para defender su derecho a que puedan hacerlo. No. Incluso pensando lo contrario o incluso pensando que la obra es una pantomima y de una muy bajo relieve artístico, como es el caso de los famosos presos políticos de Sierra, hay que apoyar su libertad de pensamiento y de expresión. Precisamente porque no se está de acuerdo con él y con su tramposo pensamiento progresista. Es la garantía de que nuestras opiniones también serán respetadas. La de todos. Y de que no seremos cómplices, voluntarios o involuntarios, de los censores, que ahora ya no tienen dedicación exclusiva, sino que la solapan con cargos y puestos muy sonoros y aparentemente higiénicos. Eso sin olvidar que Ifema ha avalado con su actitud la idea de Sierra de que vivimos en un Estado represor. Igual que ocurrió con las famosas cargas policiales del 1-O, ahora se ha entregado un potente megáfono a la supuesta bestia que querían silenciar. Una torpeza. Y ante todo, una vergüenza.

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