Un odio en observación

RELACIONES HUMANAS

JOSÉ MARÍA ROMERA

Los nuevos usos comunicativos han venido a acentuar una vieja tendencia: la de definirse no por las cualidades y adhesiones propias, sino por aquello que detestamos. El odio se ha revelado una de las formas más atractivas de tener presencia pública y hasta podría decirse que de ganar una cierta solvencia en determinados ámbitos que no solo comparten los intransigentes y los fanáticos. Ser un ‘hater’ tiene prestigio. Otorga una apariencia de ser poseedor de firmes convicciones y de estar dispuesto a defenderlas atacando, a la vez que proporciona la retribución de sentirse amparado, jaleado y tal vez admirado por otros ‘haters’ que se multiplican como moscas en torno al objeto de persecución de turno. No es un mal negocio: uno exterioriza su rabia interior (muchas veces previa a la elección del objetivo de nuestro odio) y en vez de pagar por esa liberación recibe el premio de ganar admiradores.

«Que me odien, con tal de que me teman», sentenció Cicerón. Al decirlo apuntaba a una de las cuatro direcciones básicas del odio, la que lo vincula a las relaciones de autoridad. Odiamos al de arriba porque nos domina y al de abajo porque no está a nuestra altura. Pero también hay un odio relacionado con la posesión: aborrecemos a quien tiene más que nosotros y deseamos su mal, lo que comúnmente se entiende por envidia. Una tercera manifestación del odio es la originada por el padecimiento de algún daño o agravio, a partir del cual nos movemos guiados por afán de venganza. Y en cuarto lugar está el odio de alteridad, el consistente en rechazar al otro, al diferente, a aquel que me está ofendiendo por el solo hecho de colocarse frente a mí. De este último se ocupa la ensayista Carolyn Emcke en ‘Contra el odio’ (Taurus, 2017), una indagación en las raíces de la hostilidad en las relaciones entre colectividades, especialmente aquellas como la alemana en las que están ganando terreno las tendencias de rechazo xenófobo. Su observación se extiende a un amplio abanico de fenómenos emergentes, desde la hostilidad hacia refugiados e inmigrantes hasta las matanzas del ISIS o los actos violentos de fobia hacia homosexuales, mujeres o colegiales indefensos, que hacen temer un peligroso embrutecimiento del espacio público.

«Siempre ha habido rechazo al diferente», señala Emcke, pero hasta hace poco tiempo o bien se ocultaba por temor a incumplir los preceptos del respeto, o bien se manifestaba de manera soterrada. «Ahora se odia abierta y descaradamente», afirma sin ambages. Hay un «exhibicionismo del resentimiento» que ha adquirido relevancia pública e incluso política, que ha normalizado el placer de odiar libremente y ha vuelto del revés las normas de una convivencia que antes tenía a gala ejercer la cortesía y ahora se avergüenza de hacerlo mientras los energúmenos se enorgullecen de agredir y ofender sin freno. En la mecánica del odio hay siempre un punto en el que el odiado deja de ser visto como igual. Sea cual sea el motivo que lo ha originado, el odio ejerce un efecto despersonalizador que inhibe los circuitos de la empatía, como se ha podido comprobar mediante estudios neurológicos. A partir de ese límite cualquier agresión queda justificada, y no pocas veces es vista como una conducta ejemplar. Ya no se cumple la antigua regla según la cual el odio hundía sus raíces en el miedo y la ignorancia. Aunque ambos factores siguen haciendo el trabajo sucio con la creación de caldos de cultivos propicios al rechazo, para muchos ‘haters’ de hoy el odiado no es un desconocido ni alguien que les cause un temor especial.

La dificultad de combatir el odio y sus diabólicos efectos reside principalmente en el carácter contagioso de un sentimiento de fácil propagación en las dos direcciones: la del odiado, que con cada ofensa recibe una invitación a odiar también por su parte, y la de quienes en principio se mantenían en una difusa hostilidad pero ven posible llegar a mayores sin salir perjudicados. No es sencillo saber en qué vuelta de la espiral nos encontramos cuando permitimos que el odio guíe nuestros pensamientos y nuestras decisiones, pero los acomodados en las tensiones saben que rara vez el odio toma el camino de retorno hacia la concordia y mucho menos hacia el afecto. De ahí la invitación de Emke a observar el proceso exacto que activa el odio y la violencia antes de que estos nos atrapen. Describir ya es actuar. «La democracia –sostiene– solo es posible si tenemos el valor de enfrentarnos al odio», pero mediante un enfrentamiento que no se apoye a su vez en el odio sino en la observación y la empatía. Identificar las distintas fuentes de alimentación del odio en cada contexto y en cada concreto sirve para desmontar el mito de la «autenticidad» del odio, para despojarlo de su prestigio, para entender sus artimañas. Porque aunque a veces el odio surja espontáneamente, más frecuentes son los casos en que se incuba de forma calculada.

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