ODIO, OTRA VEZ

NIELSON SÁNCHEZ-STEWART

ACLARO que utilizo la expresión odio como sustantivo masculino singular y no como verbo en su modo del presente del indicativo. Creo que no odio a nadie. Bueno, quizá a uno pero de eso es mejor ni hablar. Me ha llamado la atención que en la misma época en que el Evangelio nos recuerda cuál es el mandamiento más importante seguido de su indispensable corolario, todo basado en el amor, se hayan organizado a lo menos tres actividades culturales referidas a su antítesis, de rabiosa actualidad. En efecto, la Comisión de Derechos Humanos del Colegio de Abogados participó en dos jornadas en Marbella y en Málaga: una sobre Justicia Efectiva en Delitos de Odio y Discriminación, organizada por una federación andaluza, en colaboración con la Fiscalía contra la Homofobia y varias asociaciones y otra denominada Jornada sobre Acoso Escolar en la que se trató este abominable fenómeno que amarga hasta límites insospechados una etapa de la vida que debería ser la más hermosa. La ilustre corporación ha organizado una sección de Letrados voluntarios que presta un magnífico servicio a las víctimas de segregación y abuso. La Real Academia, mientras tanto, escuchó un magnífico discurso de incorporación de un nuevo Académico, brillantemente contestado, sobre el discurso del odio, acción de comunicar y promover un dogma con connotaciones discriminatorias con la intención de incitar a los demás a destruir o contribuir a la destrucción de un grupo humano diferente. El tema ha llegado hasta el Comité de Ministros de la Unión Europea que ha aprobado una Recomendación señalando las formas comunes: el racismo, la xenofobia, el anti-semitismo y, en general, la intolerancia.

En España está tipificado como delito, castigándose a quienes inciten al odio, hostilidad, discriminación o violencia contra un grupo o una persona por motivos racistas, antisemitas u otros referentes a la ideología, religión, situación familiar, etnia, raza o nación, origen, su sexo, orientación sexual, género, enfermedad o discapacidad. Esta promoción puede hacerse públicamente mediante la expresión oral o escrita o a través de otra clase de soporte. También se penaliza al que niegue o enaltezca el genocidio o a sus autores.

Después de la llamémosle experiencia del llamado holocausto que, afortunadamente, el cine y la televisión nos lo recuerdan, para nuestra vergüenza, con cierta asiduidad aunque no tanta como sería deseable, pensábamos algunos que jamás se repetiría una brutalidad como aquella. Es verdad que quizá en estos más de setenta años no se ha organizado nada de esas dimensiones que pueda comparársele pero la bestia sigue suelta y haciendo de las suyas, en menor escala pero muy efectivamente.

El fenómeno no es nuevo, aunque nos lo parezca. José María nos recordaba que su represión la encontrábamos en el llamado Código de Hammurabi, que tiene nada menos que la friolera de tres mil setecientos años y que, como todo el mundo sabe, es una recopilación de leyes y costumbres existentes y que ya regían en su mesopotámico reino. Desde que el hombre es hombre y la mujer, mujer, este sentimiento ha rondado el ambiente y originado toda clase de males no siendo la guerra el menor de ellos. Lo que si parece es que se conoce más, se le denomina y clasifica, se le estudia y se le da publicidad. Hace años, se entendía, quizá, que la diferencia producía naturalmente un rechazo y que si se era distinto a los demás, había que jorobarse y soportar de la mejor manera posible el rechazo del público. La vía de la resignación pasaba por la humildad, el agachar la cabeza y el tratar de pasar lo más discretamente posible por la vida para no llamar la atención. Eso era lo que hacíamos en el cole cuando no formábamos parte del grupo dominante. Por fortuna, esos tiempos han pasado y mientras los odiosos (perdonen pero creo que aún no se inventa la palabra adecuada para designar a los delincuentes del odio no van a ser &ldquoodiantes&rdquo) van a mayores, las víctimas se organizan, buscan y encuentran protección.

El odio nada engendra. Sólo el amor es fecundo.

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