Odio

Antonio Ortín
ANTONIO ORTÍNMálaga

España no sabe vivir sin bandos. Sin ponerse a un lado o al otro. Aquí se glorifica o se vitupera sin término medio. Eres rojo o facha, taurino o animalista, beato o anticlerical. En nuestro ADN llevamos impreso un guerracivilismo que, por desgracia para nuestro prestigio, no arranca en el 36. Antes de aquella barbarie fuimos tantas cosas: carlistas e isabelinos, gallistas y belmontistas... Y todo, eso sí, con saliva despiadada. Lo mismo en Belchite que en las Navas de Tolosa. Porque cuando se trata de odiar, odiamos sin matices. En Twitter se ha visto estos días. En realidad es a diario. Como alguien escribía en la propia red, cabe preguntarse si antes de Twitter odiábamos tanto.

Lo cierto es que la negativa de Carmena a colgar una pancarta en homenaje a Miguel Ángel Blanco en el veinte aniversario de su secuestro y asesinato ha desatado una oleada incendiaria de indignación que, como casi siempre, ha derivado en un agrio debate desde las tripas. Es evidente que el sectarismo de barricada de la alcaldesa de Madrid es un insulto a las víctimas. Nadie debería hacer distingos con aquellos a los que le pegan un tiro en la nuca. Lo que ocurre es que el complejo de la vieja izquierda radical a negar que el medio siglo de ETA nunca fue un conflicto político sino simplemente violencia y sadismo unilaterales de los pistoleros del odio parece resistir aún en algunos. Pero esta señora ya se ha retratado sola. Sobraron los insultos posteriores, las descalificaciones, la calumnia. Txapote y Amaia, los verdugos del concejal de Ermua, deben de estar desternillándose en su celda como antes lo hicieron en la 'jaula' del juzgado donde se mofaron de los padres y la hermana de Blanco, viendo cómo somos incapaces incluso de alzar una sola voz contra la vileza que ellos cometieron. Y así transcurrió la efeméride: con los partidos resucitando toda la crispación posible para hacer saltar por los aires el espíritu de Ermua, aquella bandera invisible que costó más de cuatro décadas levantar y que las nuevas generaciones de la política han logrado convertir en jirones en apenas 48 horas.

Escribía Herman Hesse que cuando odiamos a alguien, odiamos en su imagen algo que está dentro de nosotros. Y puede ser. Quizá la lectura podría ser un buen método para despojarnos de este hábito maniqueo de posicionarnos sin matices frente al otro. Quién sabe si de la mano de Saramago con su 'Ensayo sobre la ceguera'; o de la Sofía Amundsen de Gaarder. Incluso, por qué no, del Gurb de Mendoza y su enseñanza de aprender a reírnos de nosotros mismos; a entender que, en realidad, a lo mejor no somos tan estupendos como el de enfrente y nuestra vida también pasa por los espejos cóncavos del Callejón del Gato. Qué bien nos vendrían las páginas de algunos libros para no zaherirnos tanto. Sobre todo en este país, donde se lee tan poco, se grita mucho y se odia tanto.

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