Ochenta años de historia viva

DIEGO CARCEDO

La historia se olvida rápido y ese es un gran error. Lo mismo que lo es el poco caso que se hace de sus lecciones. Por eso las efemérides, que se ponen en valor en los aniversarios redondos, son importantes: revuelven la memoria sobre personas y hechos y aportan conclusiones didácticas que de otro modo quedarían olvidadas. Está ocurriendo estos días con el ochenta cumpleaños del nacimiento del Rey don Juan Carlos I, una muestra de historia viva que por fortuna sigue haciendo aportaciones importantes a nuestra convivencia y sin embargo ya encabeza un capítulo apasionante de nuestra contemporaneidad.

Durante su largo reinado, don Juan Carlos I ha protagonizado muchos momentos trascendentales para la evolución de la sociedad española. Obvio es enumerarlos porque son tan recientes que aún están presentes en la mente de cuantos quieren que la verdad y la razón no se dejen empañar por ideas y fanatismos excluyentes. Desde la renuncia a monopolizar los poderes heredados para dar paso a un sistema democrático, al que él mismo tuvo que defender en los momentos de grave peligro, hasta devolver a los ciudadanos la libertad, la Justicia independiente, el ejercicio abierto de la política, etc., todo son evidencias inolvidables.

Pero hay otros muchos valores menos visibles e igualmente importantes que durante el Reinado de don Juan Carlos se han restaurado o conseguido por vez primera. Uno ha sido el avance en la buena convivencia entre las dos españas después de la interminable guerra y postguerra Civil entre bandos y represión. Con su campechanería y don de gentes el Rey emérito estimuló el ejemplo de igualdad entre las personas -sea cual sea su estatus económico, su fe religiosa o su actitud o su ideología -, a veces no comprendida plenamente por todos, ha sido un constante ejercicio de estímulo de la tolerancia, un rechazo al oscurantismo social en que estábamos sumidos y un acicate permanente de la modernización y el desarrollo que tanto han cambiado el país.

El talante joven, moderno, distinto para entendernos, que después de cuarenta años de enclaustramiento internacional, empezaron a proyectar por el mundo don Juan Carlos y doña Sofía, cambio con asombrosa rapidez la imagen de España. Pronto se convirtió en el país de moda del que rápidamente surgieron importantes líderes internacionales, destacados artistas e intelectuales, militares expertos en poner paz a conflictos, por no hablar del boom de desarrollo empresarial que tanto está contribuyendo en la transformación de las estructuras de otros lugares cuyo ejemplo más reciente -por supuesto no el único- es el éxito del tren de alta velocidad entre Medina y La Meca en Arabia.

Don Juan Carlos, a sus ochenta años y con una vitalidad extraordinaria que le permite seguir prestando una colaboración destacada a la continuidad ejemplar que encabeza su hijo Felipe VI, es, sí, un capítulo vivo de nuestra historia y, desde luego, uno de los que sus contemporáneos tenemos que sentirnos más satisfechos. Todos los españoles hemos aportado algo a esta realidad próspera que es España pero obligado es reconocer que don Juan Carlos fue quien nos abrió el camino para conseguirlo. Felicidades, Majestad.

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