Ochenta años después

JOAQUÍN L. RAMÍREZ

Acomienzos todos se tientan la ropa, mientras miran al horizonte con curiosidad, prudencia y algo de temor. 2018 se alza como un gigante provisional cargado de potencialidades. Desde tocar la lotería a que se den las estratégicas circunstancias concatenadas que nos traigan la felicidad que anhelamos. Casi todo es posible o puede serlo. Los días y las cosas lo dirán, o puede que no.

Somos una peculiar civilización, una sociedad que afirma haber finalizado un año y comenzado otro, aunque ni siquiera en todos los puntos geográficos compartimos este criterio de temporalidad y denominación. No obstante, a efectos globales la llegada del nuevo año y su calendario reinan sobre todos los pueblos y ciudades, así como en esa red esencial y omnipresente que es internet. Pero nada comienza -o todo puede hacerlo siempre-, puesto que se trata de una convención, una forma de contar las horas en los que damos culto a la vida.

Es necesario mirar atrás con la grandeza necesaria, siendo conscientes desde qué lugar partimos, qué fuimos, qué somos y adonde podemos y queremos ir. Sólo así podremos obtener rendimiento de lo vivido y contribuiremos a hacer posible el futuro maximizando nuestras posibilidades.

El Rey emérito, Juan Carlos I, ha cumplido 80 años y ello es una oportunidad para hacer inventario de su papel esencial y su extraordinaria aportación a nuestra convivencia, progreso y democracia. Es bueno recordar que, a la muerte de Franco, Juan Carlos de Borbón era proclamado Rey con todos los poderes de un régimen autoritario. Sin embargo, desde ese primer instante, el monarca se propuso dar todos los pasos necesarios para traer la democracia y convertir su jefatura en la de una Monarquía Parlamentaria, al estilo y corte occidentales incardinada en el engranaje de una democracia plena. De la mano de Adolfo Suárez y Torcuato Fernández Miranda, principalmente y con otros muchos, cual arquitectos, la transformación celérica de España y su modelo fueron ejemplo de inteligencia, determinación y eficacia democrática.

Los consensos políticos de aquella sociedad dieron como fruto la Constitución del 78, el instrumento máximo de implementación de una democracia que, en tiempo récord, transformó instituciones, procedimientos y resortes de igualdad en estado de derecho. Bajo la faz de un Rey afable, lleno de simpatía y que estaba por conocer, se escondía un político inteligente, brillante, decidido y con convicciones democráticas profundas. Muchos no lo saben, no quieren saberlo además, pero la Puerta de Alcalá no estuvo siempre ahí, hubo que diseñarla y construirla. Juan Carlos I supo dar todos los pasos para emprender la construcción democrática de un país ciertamente escéptico envuelto en la inercia de los 'Principios Generales del Movimiento' o el “Fuero de los españoles”, que dejaban poco sitio para ninguna otra aventura. Ello a pesar de la vida soterrada de algún activismo político nada generalizado y fácilmente neutralizable por los resortes estatales hasta ese instante vigentes. Franco había muerto en su lecho sin más sobresalto que su letal enfermedad, algo que siempre debemos recordar. Por eso los protagonismos de todos los actuantes en el proceso de construcción democrática nacional es necesariamente reseñable, pero la proporción entre unos y otros es bien distinta. Unos llevaron el diseño, las acciones y el timón y el resto puso el entusiasmo y el esencial acompañamiento. A la cabeza siempre estuvo el Rey Juan Carlos, fueron los tiempos en los que hasta los más republicanos se describieron a sí mismos como auténticos 'juancarlistas' o, como dice Tico Medina, 'reypublicanos'.

A la hora en que se ha aprovechado la oportunidad del cumpleaños del Rey emérito para homenajearlo, todo es poco. De su mano el nombre de España fue recibido en todos los países del mundo con más respeto y consideración que en ninguna época reciente, especialmente en los más importantes como USA, Francia, Gran Bretaña, Alemania, Rusia, Arabia Saudí, Qatar o Marruecos. O qué decir de la recuperación de la especial relación con Portugal y con todos los países iberoamericanos, Juan Carlos fue un poco su rey, una figura de la que presumir con cercanía y pertenencia. En la historia quedan su nombre, su trayectoria, su autoritas indiscutible, su abdicación y su enorme sacrificio personal como un incomparable hombre de estado, generoso y responsable. Lo demás es 'postverdad' y merece nuestro desprecio, en la seguridad de que son letras irrelevantes que se borran como la tinta invisible en una caligrafía inexistente. Gracias, Majestad.

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