Obligadas vacaciones

Como país contradictorio ya tenemos el cupo completo y no vale retorcer el derecho a descansar

José Vicente Astorga
JOSÉ VICENTE ASTORGA

Cifuentes ha perdido por goleada su plebiscito informal sobre las vacaciones. Nadie se lo había pedido ni le va a dar para esa urna porque no encaja su propuesta para desgajarnos de la lógica de las cosas. Ya se encargará la patria común de agosto de poner a la presidenta en su sitio, aunque sea en ese despacho para trabajar con aire acondicionado. La política azote de corruptos ha sacado una extraña bandera estajanovista justo cuando todo el mundo anda con la toalla como salvoconducto al paraíso con hoja de reclamaciones por lo poco que dura. No sólo ha elegido un mal mensaje en el peor momento sino que encima lo hace cuando sindicatos y empresarios ven arder sus grupos de whatsapp a propósito de los tiras y aflojas de la revisión salarial según IPC, esa cosa que es antigualla para la CEOE como las vacaciones para Cifuentes, siendo ambas vitales para la salud de la mente y del bolsillo. Distinto sería que las largas vacaciones de los diputados y senadores abrieran el melón sobre si las cámaras son un ecosistema encubierto de las cigarras. El trabajo 'non stop' es parte de la vocación política, pero no necesita ser aireado por sus actores. Hay opositores a registrador que no tienen vacaciones, y no van megáfono en mano anunciando las horas que meten incluso cuando llegan a presidente. Si acaso, podríamos entender una laboriosidad sin tregua en alguien como la ministra Báñez para homologar así su dedicación al estatuto laboral de esa intercesión divina sin horarios a la que apela para mejorar la EPA. En el país que vive de las vacaciones propias y sobre todo de las de sus vecinos europeos y al que viajan 75 millones de turistas no cabe objetar el ocio benefactor sobre el PIB. Convertido el descanso en negocio reviste tal importancia que, mal que les pese a Puigdemont y a sus pretorianos hispanófobos, Cataluña es el primer destino español para los extranjeros, aunque luego sangría, paella y flamenco se tornen en un imposible metafísico ramblas arriba. No se puede ir contra la España que tanto turista deja allí como tampoco Cifuentes puede arremeter contra la desconexión del personal que cumple. Como país contradictorio ya tenemos el cupo completo y no vale retorcer el derecho a descansar. Existe el derecho a beber, aunque algunos se confunden y asumen por su cuenta la obligación de beber sólo vino, que en exceso daña. Cifuentes se ha hecho un autorretrato con medalla imposible de colgar. El suyo es un mensaje sólo confesable entre los íntimos, lejos de los altavoces. Se ha devaluado como mujer abnegada en la tarea pública con su apología del presentismo a prueba del ferragosto madrileño. No hay que volver al pasado, cuando generaciones enteras pasaban por la vida sin saber lo que eran unas vacaciones incluso sin pagar. Un millón de andaluces tuvieron que emigrar para estrenarlas. En El Pardo, en esos años, siempre había una lucecita en el despacho de quien por lo visto se echaba él sólo todo el trabajo a cuestas.

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