Voltaje

Nuevos Ministerios

Hasta ahora todos los gobiernos se han montado con el objetivo de repartir el poder en el partido

Txema Martín
TXEMA MARTÍN

Ninguno de nosotros ha podido escapar de las sorpresas que ha traído la anunciación de este nuevo Gobierno y su prominente efecto 'wow'. Primero por el género, luego por el contenido. Poco después nos dimos cuenta de que Pedro Sánchez había formado un Gobierno que parece sacado del futuro: feminista como si esa palabra ya no significara nada y con una selección de perfiles profesionales, astronauta incluido, que poca gente podrá poner en duda. Es parecido a un gobierno de tecnócratas, en muchos casos sin filiación política. No sé de qué nos quejamos, esto es justo lo que estábamos pidiendo desde la atónita ciudadanía. El 'shock' se produce porque en España nos hemos acostumbrado a ministros que vienen de élites orgánicas, lugares recónditos de la sociedad y cloacas estatales. Con el nuevo gobierno se rompe una inercia. Hasta ahora todos los equipos se montaban con el objetivo de repartir el poder en el partido, funcionando como estructuras de colocación. El hecho de ser 'orgánico' no incapacita a nadie, pero imaginen la camarilla que hubiera montado Susana Díaz y entonces notarán cómo llega a sus narices el olor a fontanería y el aliento a naftalina. Quizá no tanto como el que acaba de irse, pero el aroma estaría ahí.

Luego vino otro impacto. El nombramiento de Màxim Huerta como ministro de Cultura le ha parecido mal a mucha gente. Su condición mediática y algunos tuits que por otro lado podría suscribir cualquiera han bastado para desacreditarle. Hemos tenido gente al frente de ministerios con un currículum irrisorio y no he visto a estas mismas personas poner el grito en el cielo por ello. Admito que su capacidad de gestión es una incógnita, veremos cómo lo hace y el equipo que monta, pero lo poco que sé de Màxim Huerta se resume en que es inteligente, sensible, un lector entusiasta y un escritor muy admirado. Todo esto es algo que puede molestar. Decía otro 'best seller', el malagueño Javier Castillo, que la crítica más común que recibe de otros escritores es que lo que él hace «no es literatura». En el trasfondo de estas críticas se esconde el desprecio que provoca un elitismo intelectual que a mí siempre me ha tenido enfrente y que suele venir de quienes ostentan la exclusividad del conocimiento como una demostración de poderío y dominación. Pedro Sánchez ha hecho unas apuestas entre la valentía y la temeridad pero, después del bochorno internacional que nos ha hecho pasar el partido más votado en este país, me inclinaría por dar al nuevo Gobierno unos reglamentarios 100 días de prueba antes de empezar con la artillería. Por lo pronto podemos celebrar que haya un ministro de Cultura porque el PP lo ha eliminado cuando ha tenido la oportunidad. Ninguna de estas tareas ministeriales resultará sencilla, así que una de dos: o salen a hombros de sus respectivos ministerios o habrá que mandarlos a Estrasburgo, a la luna, o a una isla de Supervivientes.

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