Un nuevo fantasma recorre el mundo

Después del día mundial de la obesidad, el pasado domingo, hoy se celebra el de la diabetes, y tanto el humor negro de El Roto como el pronóstico de 'The Lancet' siguen vigentes casi un par de décadas después

A finales del siglo pasado, El Roto, ese filósofo gráfico, publicaba una viñeta con el siguiente epígrafe: «Norteamérica será vencida por una invasión de obesidad, diabetes e hipertensión arterial». Por las mismas fechas un editorial de la prestigiosa revista inglesa 'The Lancet' se preguntaba: ¿Ha fracasado la medicina preventiva de hoy allí donde triunfaron los Frank («La miseria del pueblo, madre de enfermedades»), Virchow («La medicina es una ciencia social y la política no es más que medicina en una escala más amplia»), Koch (tuberculosis), Pasteur (rabia), Jenner (viruela), Senmelweis (fiebre puerperal), Snow (cólera), Casal (pelagra) y tantos otros?, que con su trabajo y su compromiso consiguieron vencer o al menos detener aquellas terribles epidemias que diezmaban periódicamente las poblaciones hasta aun bien entrado el siglo XX. La respuesta de 'The Lancet' de finales del pasado siglo fue más bien pesimista. Un pesimismo que se mantiene en una nueva editorial de hace unos días en la que haciendo honor el lema de este año de la ONS ('Women and diabetes: our right to a healthy future') llama, además, la atención sobre cómo la desigualdad socioeconómica, entre otros factores, incide de manera negativa en la atención y en el pronóstico de las mujeres con diabetes.

El pasado domingo se celebró el día mundial de la obesidad, y hoy día 14, el de la diabetes y tanto el humor negro de El Roto como el pronóstico de 'The Lancet' siguen vigentes casi un par de décadas después. El número de personas obesas y el número de personas con diabetes mellitus tipo 2 no paran de aumentar (la diabetes mellitus tipo 1, que aparece generalmente en la infancia y que necesita insulina desde el primer momento, es otra cosa).

Pero hoy queremos centrarnos en la obesidad y en la diabetes mellitus tipo 2, tan emparentadas entre sí y ambas con las enfermedades cardiovasculares, que eran enfermedades casi desconocidas en el siglo XIX. Y lo que queremos hacer notar es que a pesar de los enormes esfuerzos que las instituciones públicas y las gigantescas inversiones de las instituciones privadas (el mercado) dedican a la obesidad y la diabetes mellitus tipo 2, los resultados sobre su prevención no pueden ser considerados sino como un fracaso. Cada día, con motivo de estas efemérides que hoy celebramos se vuelve a hacer el recuento mundial y cada año los responsables sanitarios, los científicos, los salubristas, los epidemiólogos, constatan con cierto estupor que, lejos de disminuir el número de personas obesas y con diabetes mellitus tipo 2, no para de aumentar y con ello los costes sociales, humanos y económicos. Y hoy sabemos, además, que no lo hace de manera igual entre hombres y mujeres. Mientras, el mercado de la salud, de los adelgazadores profesionales y de la industria farmacéutica se frota las manos. Hay negocio por delante para rato. Y cada año como todos los años se vuelve a repetir por las instituciones públicas la misma cantinela: hay que seguir insistiendo en los cambios de los estilos de vida.

Recuerdan a esa historia de un viejo médico que en el siglo XIX acompañado de su joven ayudante prescribía sangrías a un tuberculoso y cuando después de sucesivas visitas en las que, ante el empeoramiento, el maestro prescribía una nueva sangría, en la última al ver que el paciente había fallecido le dijo profesoralmente al joven aprendiz de médico: «Ya te dije que no lo habíamos sangrado bastante». Porque la obesidad y la diabetes mellitus tipo 2 son enfermedades históricas que surgen en un contexto socioeconómico y político determinado, que no es otro que el de la sociedad industrial, capitalista y tecnologizada. Un mundo en el que las relaciones de producción y de consumo han cambiado de manera radical, como en ningún otro momento de la historia del hombre, que es también la historia del cuerpo humano sujeto último del dolor, del sufrimiento y de la enfermedad.

Y es este cambio verdaderamente revolucionario, histórico, de la humanidad el que está detrás de lo que los antiguos higienistas llamaban el genio de esta pandemia que comenzó primero en Occidente y luego ha contaminado a los demás países a medida que los modelos políticos, sociales y de producción occidentales iban contaminando al resto del mundo. Pretender que esta pandemia se puede resolver (prevenir) solo con buenas palabras, educación y cambios en los estilos de vida no es que sea ingenuo es que ya, varias décadas después, se ha demostrado inútil. Naturalmente aquí no tenemos la varita mágica, pero sí creemos que si no se toca el modelo de sociedad con esa pandemia ocurrirá como con el cambio climático, pueden reunirse todas las veces que quieran en Tokio o en Río, que si no se cambia el modelo productivo la temperatura de la Tierra seguirá subiendo.

Y esto nos lleva a una sorprendente conclusión. Que las causas últimas de la pandemia son las mismas que las del cambio climático: el modelo de sociedad liberal, capitalista y postindustrial. Que si queremos, en fin, de verdad, atajar la pandemia de obesidad, diabetes e hipertensión, este quinto jinete del apocalipsis con el que El Roto anunciaba el fin de Norteamérica será necesario hacer una revolución, aunque no sea más que una modesta revolución de la frugalidad. Una revolución en la que las mujeres deberán tener el protagonismo que les corresponde, única manera de evitar que, como ocurre este año, haya que volver a dedicarle por la OMS un día especial relacionado con la diabetes.

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