De novios y naciones

JOSÉ ANDRÉS TORRES MORA

Hace tiempo que los sociólogos de la familia nos advirtieron de que, en general, nos casamos con personas cuyos padres tienen una posición social similar a los nuestros. Por supuesto, esta es una afirmación estadística, y, sin duda, podemos encontrar muchas excepciones a la norma, pero la norma es que la gente se enamora y se casa con el equivalente social de sus hermanos y hermanas. Nadie nos obliga, normalmente, a casarnos con una persona determinada, pero, cuando nos estudian a todos, resulta que, en general, seguimos pautas comunes de las que no somos conscientes. No elegiste a tu chico por su estatus social, sino porque es amigo de tu hermano, pero él y tu hermano fueron al mismo colegio de pago. No solo nos ciegan las pasiones, también la estadística nos ciega.

Lo cierto es que, aunque el mundo es muy grande y hay mucha gente, nos movemos en círculos bastante reducidos. Nos pasa, además, que tenemos una fuerte predisposición a extrapolar nuestro pequeño círculo vital al mundo en general. Podríamos decir, llevado al límite, que conocemos el mundo por introspección. Eso sí, el mundo se empeña en desbaratar las ideas que nos hacemos sobre él. De modo que muchas veces nos damos de bruces con una realidad que teníamos delante, a un palmo de nuestras narices, pero ante la que permanecíamos completamente ciegos. La arquitecta o el cirujano, quizá nunca reparen en el albañil o el auxiliar que tienen al lado y con los que hubieran podido fundar una familia y ser extraordinariamente felices. Sencillamente, porque no los vieron, porque, aunque físicamente estaban a su lado, socialmente estaban muy lejos. También es cierto que de vez en cuando ocurre lo contrario y se fijan en ellos y se casan, pero la prueba de que no es frecuente es que cuando sucede hacen una película con Julia Roberts y Richard Gere para contarlo.

Todo esto viene a cuento de que, con esta afición que le he tomado a los datos del barómetro de junio del Centre d` Estudis d` Opinió de la Generalitat de Catalunya, he encontrado que cuando se les pregunta a las personas encuestadas cuya lengua propia es el catalán por la lengua que usan más frecuentemente en su vida diaria, el 85% dice que el catalán. De igual modo, el 80% de quienes tienen como lengua propia el castellano responden que la lengua que usan habitualmente es el castellano. Dicho de otro modo, que las dos grandes comunidades lingüísticas que viven en Cataluña, se relacionan más dentro de ellas que entre ellas. Y es esto, probablemente, lo que ha impedido ver a los señores Puigdemont y Junqueras, entre otros, a más de la mitad de la sociedad catalana cuya lengua propia es el castellano. No la han visto, ni han visto sus deseos de permanecer unida al resto de España, ni su angustias, ni sus silencios. Ahora, aprendida amargamente la lección, sería bueno que ninguna comunidad se olvidara de existencia de la otra, sino que la aceptara como una riqueza. Entre otras cosas porque ninguna va a desaparecer, sino que van a seguir aquí, soñando, viviendo, votando, insistiendo en ser y pervivir.

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