La Tribuna

Las normas

Un servidor dejó de discutir y de educar a esos usuarios pasotas que van a su bola y hacen lo que les viene en gana, porque comprobaba que estaba malgastando mi tiempo y tan sólo podía conseguir que me subiera la tensión

JOSÉ LUIS RAYAPROFESOR DE INSTITUTO Y ESCRITOR

A A mis alumnos les explico que la argumentación inductiva consiste en partir de un caso particular, una anécdota por ejemplo, hasta llegar a la tesis o idea principal, expuesta al final del texto como colofón.

En la zona cardiovascular del gimnasio municipal de Torremolinos me encontraba - podría ocurrir en cualquier otro- realizando mis ejercicios al ritmo que marca un reloj electrónico: cada sesenta o setenta segundos suena un timbre para que el usuario cambie de aparato gimnástico, ya que de esta guisa resulta mucho más beneficioso para nuestra salud. Sin embargo, hay algunos usuarios (por no decir muchos) que hacen caso omiso de esta norma básica de entrenamiento y cuando hay que proseguir con la dinámica establecida permanecen utilizando la máquina y realizando más series de las permitidas, o incluso siguen sentados leyendo o escribiendo sus wasaps mientras el siguiente usuario que debe utilizar esa máquina ha de saltarlo con el fastidio lógico y consiguiente/consecuente. A veces, se inicia algún conato de trifulca o inocua discusión que pudiera concluir en acalorado enfrentamiento. Un servidor dejó de discutir y de educar a esos usuarios pasotas que van a su bola y hacen lo que les viene en gana, porque comprobaba que estaba malgastando mi tiempo y tan sólo podía conseguir que me subiera la tensión, con lo que cuando suena el timbre ya salto al usuario que permanece impasible sentado mirando a palomo y me dirijo a cualquier máquina que esté libre. Todo esto trataba de explicarle a un joven que, indignado, trataba de explicarle, a su vez, a un señor hecho y derecho que debía avanzar cuando sonara el pitido. Los mismos monitores ya han desistido de instruir a esa caterva de personas que hace sencillamente lo que le da la real gana. Muchas de ellas son padres y madres, cuyos hijos imitan cual pipiolos cualquier actitud. Luego vienen las típicas quejas de que no pueden doblegarlos, ni obedecen las normas.

No es que sea un caso aislado, sino un caso ilustrativo para que veamos cómo funciona nuestra sociedad. Lo comprobamos conduciendo, observamos cómo hay conductores que no sólo conducen alocadamente, arrollando con su exceso de velocidad o cambiándose de carril indebidamente, sino también los que van muy lentos por el carril inadecuado. Luego, en ciudad aparcan donde les parece, zona de carga y descarga, doble fila, zona reservada para minusválidos o en la entrada de un garaje. Son los típicos listillos, más bien sinvergüenzas. Raras veces se detienen ante un paso de cebra, de ahí las reverencias y saludos que hacemos cuando alguien nos permite cruzar tranquilamente por donde marcan las normas. Yo he llegado a ver una irónica genuflexión de un peatón. Para que aprendamos a guardar nuestro turno en la cola se inventó el dispensador de números, así no hay peleas sobre quién llegó antes y de camino se le da un zarpazo a esa picaresca que tanto ha caracterizado al español.

Todavía comprobamos cómo hay demasiada gente que arroja los papeles al suelo - seguramente en sus casa no lo hagan- y que no se preocupan por reciclar ni siquiera el vidrio, ni tampoco esos incivilizados amantes de los animales recogen las cacas de sus mascotas y las dejan en medio de la acera. No hay nada más que ver cómo hay bares o cafeterías con montones de servilletas de papel alfombrando el suelo, junto con los desperdicios de tapas, raspas de pescado o mondadientes; antes, todo este conglomerado iba acompañado de cientos de colillas, ahora unos cuantos las arrojan a la calle, los otros en los ceniceros apropiados para ello, porque, desde que se multa, los ciudadanos se lo toman en serio y salen al exterior para echarse un pitillo y departir. Está claro que no avanzamos sino hay multas o sanciones que nos alienten.

Esta picaresca y este caos fundamentado en 'el todo vale' y 'yo hago lo que quiero' pensaba yo que se producía en Andalucía con más ahínco que en el resto de España. Pero ya vemos que es algo que radica en la misma esencia de la idiosincrasia del español.

Esto de saltarse las normas y las leyes se puede dar a pequeña escala, como en todos estos ciudadanos 'de a pie', o a gran escala, como en estos ladrones, ministros y diputados incluidos, que roban a mansalva; como a escala sideral, hablamos de esa gran parte de catalanes que se salta la madre de todas las leyes: la Constitución.

Obviamente hemos conocido -y aún 'haylas'- leyes absurdas, anacrónicas, demenciales, justas, injustas, irónicas, tremebundas, lógicas, ilógicas, proporcionadas, comedidas, incontrovertidas, controvertidas, desmesuradas, mesuradas... y así una retahíla de calificativos con los que podemos estar más o menos de acuerdo. Lo que está claro es que ante ese descontento de una ley determinada, lo que hay que hacer es cambiarla, pero he ahí la paradoja y no puede ser de otra manera: precisamente se puede cambiar bajo el prisma que la misma ley permite, esto es, democracia. Si esto también le importuna le queda la opción de trasladarse a otro país o aguantarse con su democrática nación.

De momento, aprendemos sólo con multas, sanciones y cárcel.

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