LA NO-DUI: UNA NUEVA PERFORMANCE QUE NO LLEVA A NINGÚN SITIO

Estamos asistiendo a la enésima representación teatral del secesionismo, esta vez formalmente protagonizada por el presidente de la Generalitat, representando la peor cara de un nacionalismo supremacista y victimista. Con un 'relato' sesgado, cuando no basado en la pura mentira, ha realizado un discurso con el que pretende 'in extremis' salvar sus responsabilidades personales al tiempo que fabricar unas pretendidas justificaciones que le permitan, al tiempo, sobrevivir políticamente aunque sea en fase terminal y, tratar de convencer al mundo de la justeza de su causa.

Por ello, se ha limitado a enumerar los consabidos mantras del secesionismo, culpabilizando al resto de españoles de ser un lastre para argumentar que Cataluña se ha ganado el derecho a formar una república independiente. Y no ha encontrado otra salida que la no proclamación de independencia buscando una «mediación» imposible que le permita lograr sus objetivos. ¿Por qué digo que la mediación es imposible? Porque nunca puede haber mediación fuera de la ley, fuera del ordenamiento jurídico, que es lo que el secesionismo pretende.

En democracia, la forma es substancia. Seguir los procedimientos democráticos es lo que nos permite legitimar la toma de decisión. Sin el respeto de lo que disponen la Constitución, el Estatuto de Autonomía, el Derecho de la Unión Europea, rompemos la democracia.

En democracia, además, son importantes los contenidos. Lo que las normas regulan no son entelequias. Son instituciones jurídicas que tienen un contenido, es decir, un sentido propio. Por ello, fundamentar la legitimidad de la suspendida declaración de independencia en un pretendido «referéndum», que no entiendo cómo puede el Sr. Puigdemont denominar así, constituye una burla a la democracia. Lo que tuvo lugar el 1 de octubre pasado no fue un referéndum; la propia Comisión de Venecia afirmó que lo que se iba a hacer no contaba con las garantías necesarias. Y se fundamentó en una ley suspendida por el Tribunal Constitucional que había sido preparada en secreto y que se aprobó sin respeto de Reglamento del Parlament de Cataluña y vulnerando los derechos de los parlamentarios, es decir, nuestros derechos, porque ellos nos representan.

Y no nos engañemos más. Lo que ha pretendido Puigdemont en su discurso, falseando repetidamente nuestra historia constitucional reciente, sin respetar el pluralismo y pretendiendo silenciar al disidente, es crear un discurso que pueda dar la imagen de los catalanes como pueblo sojuzgado, para intentar de ese modo constituirle en sujeto de un derecho de autodeterminación que no tiene, porque la mayoría de los catalanes, plurales y abiertos como somos, sabemos que tenemos nuestros derechos garantizados no por su gobierno sino por el ordenamiento jurídico, contamos con instituciones reconocidas por la Constitución y el Estatuto a las que el secesionismo ha secuestrado y queremos continuar siendo, habermasianamente, ciudadanos de Cataluña, de España y de Europa.

El Sr. Puigdemont tendrá ahora que gestionar la crisis que él mismo ha generado. Entre los suyos, con el resto de catalanes, con el resto de españoles y con el resto de europeos. Aunque, quizás lo mejor que podría hacer es retirarse, como incapaz que es de generar expectativas plausibles, convocar elecciones autonómicas y dejar paso a que un nuevo Parlament y un nuevo Govern, elegidos esta vez sí con todas las garantías, vuelvan a situarnos en el ámbito político, económico y social propio de las sociedades europeas avanzadas del siglo XXI.

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