Nobleza de espíritu

Nobleza de espíritu

JOSÉ MARÍA ROMERA

Una tarde del año 1946 el escritor André Malraux se reunió en su residencia parisina del Bois de Boulogne con tres ilustres invitados: Jean Paul Sartre, Arthur Koestler y Albert Camus. Conversaron sobre sus respectivos planes para después de la guerra y sobre el futuro que aguardaba a Europa, aún convaleciente de la tragedia. Malraux se disponía a servir al proyecto que pocos años después le llevaría al Gobierno gaullista. Koestler consideraba necesario denunciar la tiranía estalinista instalada en la Europa del Este, a lo que Sartre se opuso sosteniendo que el comunismo era el único freno a los desmanes del capitalismo. Camus asiste en silencio a la discusión hasta que interviene para preguntar: «¿No seremos todos responsables de esta falta de valores? ¿No deberíamos confesar públicamente que nos hemos equivocado, que existen valores morales, y que estamos dispuestos a hacer lo preciso para fundarlos e ilustrarlos?». En ese momento se disolvió la reunión.

La anécdota está relatada por el holandés Rob Riemen en su libro 'Nobleza de espíritu. Una idea olvidada' (Taurus, 2017), un ensayo cargado de sensibilidad en defensa del humanismo. Ni la política, ni la ciencia, ni la tecnología nos harán mejores, sostiene Riemen. «Pero el cultivo de la mente, la filosofía y la sabiduría, la literatura, la música, el cine y la pintura sí pueden ser el lenguaje que dé acceso a nuestros corazones». Desde cuatro siglos atrás nos llega todavía la voz de Baruch Spinoza para recordarnos que tampoco «el ansia de riqueza, honra y voluptuosidad» que mueven los anhelos de la sociedad «jamás podrán brindar al alma humana serenidad ni dicha duradera». Un mundo que se pretenda civilizado necesita sustentarse en los valores de la cultura humanista, eso que Riemen ha decidido llamar, no sin cierto coraje léxico, la «nobleza de espíritu». No estamos ante un trasnochado elogio de virtudes elitistas, sino ante la reivindicación de una forma de decencia que consiste en algo tan simple y a la vez tan arduo como la búsqueda de la verdad. O, dicho de otro modo, la huida del relativismo.

El texto de Riemen apunta a la excelencia moral, intelectual y estética como manifestaciones distintas de un todo unitario que constituye la única vía posible para enfrentarse a la ignorancia y la barbarie. Y para resistir también al imperio del número y de la cantidad en una época donde la calidad va en retroceso. Si algo tiene de aristocrática la nobleza de espíritu no es la pretensión clasista, sino la exhortación a aspirar a las grandes ideas que están al alcance de todos. Solo hace falta cultivar la educación, tanto en el plano individual como en el colectivo. Riemen toma el concepto de nobleza de espíritu (una mezcla de rectitud, de altura de miras, de sensibilidad moral y de anhelo de verdad) de Thomas Mann, uno de los intelectuales más mencionados en el libro, a quien George Steiner consideraba el último representante genuino de la tradición humanista. También Mann entendía que los sistemas políticos y económicos estaban desplazando la auténtica educación, la regida no por el interés utilitario sino la enfocada a la formación de los individuos para la búsqueda de la verdad, la belleza y la bondad. Desde este punto de vista, podría decirse que el trabajo de Riemen constituye una reivindicación de la denostada figura del intelectual: no tanto un líder de pensamiento (es decir, politizado) como un ser dispuesto desde la independencia a «hacer ver al gran público que las mentiras son mentiras y que el poder y la fama no son capaces de elevar a verdad una falacia».

LA CITA Michel de Montaigne «Es el gozar, no el poseer, lo que nos hace felices»

La sistemática aniquilación de las humanidades, de los contenidos literarios, del saber filosófico, del estudio de los clásicos y del cultivo de las artes en los planes de estudio representa una vía directa hacia la bajeza de espíritu. Hace falta reivindicar de nuevo esa «utilidad de lo inútil» a la que se refiere Nuccio Ordine en su libro del mismo título (Acantilado, 2014). Los agentes de la cultura del consumo han extendido interesadamente la falsa idea de que la alta cultura, aparte de antidemocrática, carece de otro valor que no sea el de alimentar el esnobismo de las elites. Nada más lejos de la realidad: es en ella donde reside la posibilidad de emancipación de las consignas en circulación a partir de la convicción de que -otra vez Mann, recordando el ejemplo de Chéjov- «el principal deber moral consiste en transformarse a sí mismo». Pero no puede haber ennoblecimiento del espíritu sin cultivo de la palabra, agrega Riemen (quien no en vano recurre constantemente a conversaciones entre los grandes del pensamiento), pues, como afirma Steiner, «mientras el lenguaje continúe marcando la pauta, mientras podamos seguir hablando los unos con los otros, hay esperanza para la civilidad y la búsqueda de la verdad».

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