Niños y jubilados

Niños y jubilados

ARTURO REQUE

BYE, bye Semana Blanca. Wellcome rutina. Se nos fue la semana entre aguaceros e himnos a la patria andaluza, pero con nuestros mayores en pie de guerra viendo como los que deberían haber administrado sus/nuestras cotizaciones, una vez más no han sabido hacerlo y ahora exigen apretarse el cinturón ¿Cuántas veces veremos repetir esta historia de mala gestión, falta de previsión y prioridades opuestas al interés general? ¿Por qué sí hay dinero para salvar autopistas, bancos y macroempresas y no para mantener al nivel que le corresponde las jubilaciones retenidas durante toda una vida laboral? Demasiados intereses y demasiados fallos del sistema. Se pasa de las promesas al incumplimiento como si de un juego se tratara, pero detrás están familias que no llegan a fin de mes. Un país lleno de desequilibrios sociales.

Precisamente son estos abuelos y abuelas que tanto nos ayudaron en la etapa más cruda de la crisis estirando sus maltrechas pensiones, los que en cada periodo no lectivo nos vuelven a echar una mano cuidando de nuestros infantes. Estos días pasados se les ha visto de la mano de sus nietos llevándolos a tomar un desayuno mientras los progenitores atendían sus compromisos laborales (el que tenga la suerte de estar cotizando, es decir, trabajando). La verdad es que a las familias en general nos suele suponer un trastorno estos parones en la enseñanza, especialmente motivado por la rígida estructura laboral de horarios fijos e inamovibles, donde salirse de lo establecido supone un choque de intereses dentro de la organización empresarial. Lo que ahora se llama conciliación laboral. Nos vemos obligados a tirar de nuestros &ldquoveteranos de guerra&rdquo para que nos vuelvan echar una mano o bien cedemos ante la tecnología, como nuevos cuidadores artificiales que hipnoticen y entretengan a los chavales (hoy sí, pero mañana no, ¿vale?). Lo cierto es que para ellos supone un descanso intelectual a la vez que aburrimiento general ya que deben divertirse ellos solos, y claro, la calle actual no está preparada para que los más pequeños salgan a jugar por su cuenta. Les toca aprender a aburrirse ya que, como se dice hoy en día donde todo se analiza, es bueno y muy necesario.

Visto desde otro punto de vista/reflexión, ¿no es verdad que los días sin clase nos encontramos con una ciudad a un ritmo diferente?, casi diría que una ciudad ideal -y es una reflexión personal que seguro encuentra muchas opiniones opuestas-. La temporada turística aún no ha comenzado y la ciudad es más nuestra que nunca, encontrando espacio para movernos, comer, disfrutar, sin cruzarnos con hordas de turistas tras el del paraguas o banderín de turno, ni con las del pene colgado en la frente o los ataviados con liguero y corpiño; tampoco con los macarras del Ferrari alquilado por horas... Hay un cierto ambiente festivo entre los pasados carnavales, el día de Andalucía, la Semana Blanca, y la cuenta atrás de la Semana Santa. El tiempo aporta su belleza, rompiendo la monotonía del azul intenso que nos acompaña tantos meses, dejando una bendita lluvia que abona la primavera que está a la vuelta de la esquina. Pero lo que más me gusta es ver niños por la ciudad, en grupo los adolescentes (y su descontrol hormonal), o de la mano de sus abuelos y progenitores, los más pequeños. Al fin y al cabo, surge una ciudad con niños. Los hombres grises que nos mostraba Michael Ende en 'Momo' recuperan el color, aunque sea obligados por una imposición administrativa bajo el lema Semana Blanca.

Esta compartida reflexión me lleva a unas palabras del alcalde de Bogotá, Enrique Peñasola: «Una ciudad mejor para los niños es una ciudad mejor para todos». ¿Se están haciendo los deberes? No lo olvidemos antes de volver a ponernos nuestro traje gris en busca del tiempo perdido.

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