Niños asesinos

José Miguel Aguilar
JOSÉ MIGUEL AGUILAR

Está siendo una semana inquietante por la dificultad de serenar el ánimo convulso que me sobresalta constantemente por hechos impactantes. No me quito de la cabeza preguntas que merodean sin cesar: ¿Qué pasa por la mente de un niño de 14 años cuando es capaz de asaltar una vivienda y presuntamente asesinar a dos ancianos indefensos? ¿Qué perversión encierra la mente humana que esconde esos instintos que florecen en situaciones imprevisibles? ¿Qué límites contempla la maldad del ser humano? ¿En esos momentos nos diferencia algo de los animales? ¿Pueden aparcarse los sentimientos cuando surgen estas anomalías, por denominarlas de alguna forma? No me gustaría estar en la piel de un psiquiatra que tenga que explicar o hacer entender conductas que causan tanto dolor. Lo ocurrido en Bilbao escapa a toda comprensión. El juez de Menores de España con más años de ejercicio, Emilio Calatayud, es tajante: «Que un niño mate es un hecho excepcional». Tanto es así que cuando ocurre causa desazón en una sociedad que empieza a hacerse preguntas que no encuentran respuestas. «Que un niño mate significa que ha fracasado todo», esboza con rotundidad el juez. El sistema, la educación, la paternidad... todo se va al garete cuando te topas con sucesos tan repugnantes. ¿Puede la justicia reparar o compensar hechos tan deleznables? ¿Llega la ley a castigar en su justa medida comportamientos tan inmundos?

Aunque nunca se llega a asumir un hecho así, con el paso del tiempo la cuestión es si ese niño, ese adolescente que se abre a la vida de forma tan abrupta, puede ser recuperado para comportarse en la sociedad años después, cuando la edad ha madurado esa crueldad que brota como el acné juvenil. Emilio Calatayud también responde a esta necesidad: «La mayoría de la docena de chicos a los que he condenado por haber sido responsables de un homicidio o un asesinato no han vuelto a delinquir, trabajan y tienen una familia». Su experiencia nos tranquiliza, aunque sea para cerrar los ojos ante la perversidad. Las crónicas de sucesos últimamente encogen el alma, y no tienen un lugar de origen predeterminado, ni una zona clara fijada. Ayer nos despertamos con la noticia de la detención de tres jóvenes por el atropello mortal del padre de uno de ellos en una urbanización de lujo próxima a Puerto Banús. Hasta que Juan Cano nos desvele el resultado de la investigación policial habrá que rumiar la preocupación extendida en una sociedad de que algo funciona mal, muy mal.

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