Neuronas masculinas

Carta del director

Manuel Castillo
MANUEL CASTILLOMálaga

La igualdad entre mujeres y hombres no tiene ideología; ni conciencia de clase. Al menos no debería tenerlas. La igualdad debe ser transversal en todos los sentidos y en todos los caminos. En la escuela, en la familia, en el trabajo, en la calle; en todos los países y continentes. En la cultura, el arte, el deporte, la investigación, la política, la sanidad...

La marea imparable por la igualdad que inundó con miles de mujeres, y también hombres, las grandes plazas de España es el mejor síntoma de una revolución titánica que nace con el maravilloso objetivo de transformar la sociedad, para hacerla más justa.

Y en esta gigantesca tarea hay que estar de acuerdo en lo esencial: los hombres y mujeres somos iguales y ellas merecen idénticas oportunidades. Luego, podremos discrepar en los matices, en cómo conseguirlo o qué medidas adoptar. Conducir la lucha por la igualdad al enfrentamiento político, a la confrontación entre hombres y mujeres, o a la guerra entre mujeres es absurdo y sería un enorme obstáculo.

La desigualdad existe, es real. Negarlo es del género tonto. Es verdad que hay mujeres que por su formación, situación económica o su carácter no la han sufrido. Pero convertir eso en un argumento es como negar el hambre en el mundo por tener nuestra nevera llena; o negar la tragedia de los refugiados por tener paz y calor en nuestras casas.

Es cierto que hay diferencias sustanciales entre hombres y mujeres, negarlo también sería del género tonto, pero nunca deben condicionar la igualdad, ni los derechos, ni las oportunidades de las mujeres.

El cambio horroriza a muchas personas. Y la revolución de la igualdad asusta no sólo a muchos hombres, sino también a muchas mujeres que no sabrían salir de un estilo de vida basado en esa desigualdad. A ellas también hay que protegerlas, cuidarlas y comprenderlas. Y ayudarlas.

Esto no es una lucha de sexos; esto es una conquista social de dimensiones magníficas. Es cierto que hay posiciones extremas, desde procesionar una vagina hasta negar que la mujer sea una víctima, pero ambas son necesarias; son contrapesos necesarios, porque en esto de la igualdad la casuística es infinita. Se trata de aunar fuerzas y no desperdiciarlas.

Pero hace falta pasar de los símbolos a la acción. Medias correctoras, discriminaciones positivas, mucha información y compromiso, teniendo cuidado en que esas medidas, como algunas de la época ZP, no acaben perjudicando a las propias mujeres.

El mundo está pensado, ordenado y construido desde la mentalidad del hombre. Todo, absolutamente todo, incluso el momento del parto, se ha concebido por neuronas masculinas. Y por ello, a veces, a algunos les cuesta tanto ver el machismo y la desigualdad. Ahí debe radicar el cambio, en repensar el mundo desde la igualdad, desde las propias diferencias, en común. Entonces habremos construido, de verdad, la igualdad. Andando el tiempo. Pero a paso ligero.

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