Netanyahu-Trump, pareja de moda

Netanyahu-Trump, pareja de moda

Israel, crecido hasta extremos inquietantes, parece a punto de cometer el peor de los pecados: creer que la superioridad militar autoriza a cometer todos los errores

ENRIQUE VÁZQUEZ

Exultante, risueño, seguro de sí mismo y blindado por la actitud del presidente Trump frente a la cuestión palestina, el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, dijo a los periodistas durante su viaje por la India que el traslado de la embajada norteamericana de Tel-Aviv a Jerusalén «empezará este mismo año» algo que ni el mismo y entusiasta autor de la inquietante promesa, el presidente Trump, ha sugerido -aunque el lunes su vicepresidente Mike Pence anunció que EE UU tendrá una embajada en Jerusalén a finales de 2019. Más bien, sus pacientes colaboradores, incapaces de parar el desastre diplomático que supuso ver a Washington mundialmente aislado (con el Consejo de Seguridad votando en contra por 14-1) han intentado edulcorar la iniciativa presentándola como un gesto de solidaridad con Israel... Y eso es lo que da a las palabras de Netanyahu su valor añadido: él tiene estatus suficiente como para decir lo que guste sin mucho temor a ser desautorizado.

El lado palestino, bajo el liderazgo de Mahmud Abbas, el más moderado y paciente militante que podría esperar el lado israelí, no ha podido resistir más su papel, el de un protagonista con las manos atadas desde hace muchos años, los que precedieron y siguieron al último y genuino esfuerzo negociador, el de la administración Obama en su segundo mandato con el protagonismo de John Kerry, su secretario de Estado. Kerry, un peso pesado, batalló durante meses y gastó literalmente en balde su esfuerzo y el de su jefe y el fracaso de ambos fue como el certificado de defunción que el Gobierno sionista entrega ahora a quien lo desee: Israel no devolverá nunca Jerusalén-este, conservará gran parte del territorio palestino ocupado desde junio de 1967, se aprovechará de la crisis generalizada en la vecindad árabe y de la atención del mundo hacia el terrorismo de perfume islamista. En fin, prevalecerá.

Es en este escenario, inimaginable hace poco más de un año, en el que el primer ministro israelí dijo lo que dijo, sabedor, por lo demás, de que Israel debe aprovechar la penosa coyuntura que atraviesa el entorno árabe, que a la terrible guerra en Siria -técnicamente casi terminada pero que ha alterado profundamente el diseño geopolítico regional- debe añadir un dato nuevo y relevante: el auge iraní en la región. En efecto, Teherán ejerce ahora su condición de socio activo y crucial de la parte vencedora en Siria y del Hezbollah.

El lector hará bien en anotar llegados a este punto que Líbano, cuya reputación de inestabilidad es proverbial -hasta se ha creado un neologismo, libanización, por anarquía y caos-, está siendo capaz de recibir y digerir un millón, o tal vez alguno más, de refugiados y ha vuelto así a su acreditada condición de escenario liberal, pluripartidista y multiconfesional de una región donde la democracia brilla por su ausencia. El seis de mayo habrá elecciones legislativas y no habrá fraude. El Hezbollah, acreditado por su excelente prestación en el arrabal vecino, su solvencia política y su disciplina legendaria, ha salido reforzado del caos sirio y repetirá buenos resultados; hábilmente, ayuda ahora al presidente Aun, un general práctico que supo coser una coalición de gobierno y se acreditó por su rigor y su postura en los días confusos del extraño traslado de Hariri a Arabia Saudí.

Para entender mínimamente lo que sucede en la vasta región es todavía inevitable volver la vista a Siria, una crisis en la que Washington apenas tenía corredores solventes en la carrera, la ha seguido con resignación y hoy percibe como lo que es: un éxito considerable para los rusos, cuya tradicional presencia en Siria se acerca al medio siglo y ha sido mejorada en su dimensión militar -bases aeronavales de valor incalculable para Rusia que históricamente se ha batido por disponer de una salida franca y segura al Mediterráneo.

En el campo árabe hay un perdedor claro: la resistencia palestina, que ha pasado de ser la causa inter-árabe por excelencia a una especie de asunto menor, algo que puede esperar.

Se habla abiertamente ahora de que hay líneas secretas de comunicación abiertas entre saudíes e israelíes y nada menos que el jefe de Estado Mayor israelí, general Gadi Eizenkot, no tuvo inconveniente en declarar a un diario digital saudí, a mediados de noviembre que está listo para compartir información de inteligencia con Arabia Saudí «para frenar a Irán». Hubo ciertos reproches locales porque hay cosas que no se dicen, pero el pecadillo consistía solo en decir en voz alta lo que todo el mundo asumía.

Sea como fuere y dando por asegurada la consolidación del príncipe heredero saudí, Mohamed Bin Salman, se puede escribir sin temor a error que la casa de los Saud no está tan loca como para aceptar sin más que Lugares Santos del Islam en Jerusalén-este pasen a soberanía israelí. El Parlamento de Israel ha aprobado ya una legislación que hace prácticamente imposible la devolución a la soberanía palestina (es decir, musulmana a estos efectos) del Este de la capital. Ni siquiera la vieja alianza saudo-norteamericana y ciertos imperativos del momento -en cabeza el auge iraní en la región- harían pasar entre la opinión pública árabo-musulmana lo que sería percibido como una dejación inaceptable del mundo islámico: la pérdida de la soberanía de sus santos lugares en Jerusalén, empezando por la Cúpula de la Roca y la mezquita al-Aqsa. Israel, crecido hasta extremos inquietantes y abusando de su agente en Washington, un tal Donald Trump, parece a punto de cometer el peor de los pecados: creer que la superioridad militar autoriza a cometer todos los errores.

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