Neno

Antonio Ortín
ANTONIO ORTÍNMálaga

A menudo me resulta fascinante comprobar cómo pueden llegar a caber dos personas en un solo corazón. Conozco desde hace años un ejemplo que transita entre nosotros: Neno Herrera. Este enfermero del Materno, pintor emergente en la escena local, se detiene lo mismo en retratar el horizonte rojo de un atardecer mediterráneo en un lienzo que en trazar al carboncillo un conejo o un caballo a petición de uno de sus pacientes, alguno de los niños de la cuarta o de la sexta planta. Y así, uno lo mismo se lo puede encontrar dialogando con el color a bordo del caballete en las playas de su descanso estival de Torre de Benagalbón; a las puertas del Sepulcro, sede actual de su última exposición; o por el hospital, oculto tras su mascarilla de esterilización, de vuelta de las habitaciones de aislamiento de administrar una quimio. Porque Neno Herrera es eso. De un lado Neno, el hombre que hace hablar al pincel, de otro José Carlos, el enfermero minucioso que ha aprendido los rudimentos de su oficio entre los rincones de un geriátrico, los pasillos de neonatología, la unidad de quemados y, en los últimos años, la atmósfera de la oncología pediátrica y la fragilidad de infecciosos.

Y así, a lo largo de los años ha ido construyendo su universo con el alma en el arte y el corazón en el hospital. Y a menudo, casi a diario, se cruzan sus dos mundos, y sus dibujos dan luz a los días de esos pequeños y sus familias, a las que no sólo acecha la enfermedad si no los temores que acompañan con más fuerza que los síntomas.

No es fácil encontrar gente especial. Pero la hay, claro que la hay. Gente como Neno Herrera, que quizá por aquel principio de Baden-Powell de que convendría dejar este mundo algo mejor de como nos lo dieron, ha convertido su vocación artística en un instrumento más de su profesión y ha hecho del arte una expresión curativa frente al dolor y los miedos que rompen por dentro. Y, a veces, tras abrir una vía en esos bracitos castigados por tantos días de terapia, despliega las alas de un colibrí en la última hoja de un cuaderno donde los padres tratan de hacer más llevaderas las horas. O reproduce el sonido de una torcaz para que el pequeño no piense en el metal frío que entra en sus venas.

Por eso, hay noches que, al regresar del periódico, tras cerrar una edición con portadas llenas de master-trampa, de guerras absurdas, de mentiras con traje de urna y vidas en quiebra, me quedo un rato ante 'La guitarra', el cuadro de Neno que luce en una de las paredes de mi casa. Y pienso qué bien estaría darle algún día una patada a tanta mierda y sembrar el mundo de utopías y de ternura. Y hacernos entonces más fuertes y mejores, armados hasta los dientes con la sonrisa limpia de esos niños a los que Neno les hace cada día la vida menos triste, menos gris.

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