La Navidad de Tardá

El sitio de mi recreo

José Antonio Trujillo
JOSÉ ANTONIO TRUJILLOMálaga

Noviembre es oscuridad de veintitrés horas y treinta días. Es un poema inacabado con rima que suena a difuntos y silabas óseas. La lluvia cobarde no se atreve con el gris de las nubes y los paraguas se pudren otro año más. Al frío se le espera en las esquinas con castañas y mangas cortas. Nos duelen los huesos y las aceitunas arrugadas esperan las manos sabias que las confundan con el aceite que está por venir. España es un noviembre político, sin frío y sin lluvia. Los primeros días arrancan con promesas de justicia que quieren arrojar luz sobre el negro que los secesionistas introdujeron en nuestra convivencia cuando octubre agonizaba. La ley se hace comprensible en autos escritos por manos de mujer y la democracia recobra su brío. La esperpéntica huida de Puigdemont retrata al independentismo de cartón piedra que confrontó a una sociedad que ha conocido durante años los beneficios de la concordia y el respeto a la ley. El discurso de los dirigentes secesionistas no hizo nunca justicia a la realidad de ese pueblo que conoce bien las claves de su desarrollo. Se empeñaron en hacer continuos experimentos con la verdad y se encontraron con la mentira, que ha sido la que finalmente ha parido su actitud cobarde e insolidaria con los ciudadanos que llegaron a creerse su proyecto.

La entrada en prisión de algunos dirigentes secesionistas esta semana de ninguna manera ha debilitado nuestra calidad democrática, todo lo contrario. Reafirma la necesaria división de poderes de nuestro estado y acrecienta nuestra confianza en la justicia que no cede ante la presión del discurso supremacista de algunos. El debilitamiento del entusiasmo independentista de gran parte de los catalanes vista la actitud poco ejemplar de los que los condujeron al precipicio, quiere ser reavivado por algunos otros dirigentes políticos que han hecho de su tibieza formal su seña de identidad. Su única intención es la de sacar rédito personal una vez más en los momentos de crisis. Llama la atención, por ejemplo, el discurso de la alcaldesa de Barcelona, en el que deliberadamente quiere confundir para repetir, llamando presos políticos a los que sencillamente sólo son políticos presos.

Joan Tardá se ha superado una vez más. El dirigente de ERC es demagogia por descubrir. Enfurecido por el encarcelamiento de sus compañeros de aventura antidemocrática, se ha atrevido a proponer una medida excepcional: pedir a los ayuntamientos de Cataluña que no instalen ninguna luz navideña «hasta que no los tengamos en casa». Sin duda, Tardá es la noche oscura catalana.

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