LA NATURALEZA PROTESTA

JOSÉ MANUEL BERMUDO

EN esta tierra bendecida por el clima, al que tantas alabanzas dedicamos porque es un factor del que depende nuestra casi única industria, el turismo, también nos encontramos con el tiempo revuelto de vez en cuando. Solemos decir que, de forma cíclica, nos visitan un par de veces al año los temporales, esos que nos traen la tan necesaria agua de lluvia pero que al mismo tiempo afectan de forma tan negativa a nuestras playas. Lo ideal sería que lloviera lo justo para llenar los embalses, entre ellos el de la Concepción, sin que llegáramos a rozar la sequía, pero sin que tampoco se tuviera que desembalsar ni un solo litro, enviando al mar lo que luego puede ser tan necesario. Y es que el pantano tiene una capacidad limitada y requiere que las precipitaciones se repartan de forma equilibrada a lo largo del año para tener garantizado el suministro a la Costa del Sol Occidental sin necesidad de desperdiciar nada.

También sería ideal que el viento no tuviese tanta virulencia como comprobamos en ocasiones y que el mar mantuviese esa calma habitual que desean nuestros visitantes, incluyendo los meses de invierno. Pero, claro está, tanta perfección es prácticamente imposible y la naturaleza hace a veces de las suyas sin que haya fuerza capaz de contrarrestarla. Y es en estos días en los que se acumulan las borrascas (algo poco frecuente, por otra parte), cuando también se dirigen todos nuestros pensamientos a las reclamadas infraestructuras que consideramos necesarias para evitar, o al menos paliar, las consecuencias de las inclemencias meteorológicas. Ahí está el recrecimiento de la actual presa de Río Verde o, en su caso, la construcción de un nuevo muro aguas más abajo, proyectos que han entrado en el capítulo de utopías pendientes, equiparables al tren litoral o a la finalización del saneamiento integral.

También se viene reclamando desde diversos sectores que se construyan ya en algunas playas de Marbella aquellos espigones que un día desaparecieron con la excusa de que nuestras orillas eran más libres y naturales sin ningún tipo de apéndices extras que afeaban el paisaje. En la ciudad hay una plataforma ciudadana con bastantes seguidores que insiste en la urgencia de estos espigones, a los que llaman transitables, porque ya puestos servirían como calles en el mar. Y de paso luciría nuestra «Venus» en el lugar que durante un tiempo ocupó. La presión ciudadana es fundamental muchas veces para sacar adelante determinadas cosas.

En todo caso, viendo las imágenes de los efectos del temporal en el litoral de Andalucía es para preguntarse si bastará con unas lenguas de hormigón adentradas en el mar para solucionar el problema. O dicho de otra forma, si no llegamos tarde para ganar una batalla contra los elementos, esos que no tuvimos en cuenta en actuaciones anteriores y a los que fuimos perjudicando traspasando sus límites hasta llegar a provocar su enfado. Hoy vemos como el mar sobrepasa nuestras valiosas dunas y se lleva parte de ellas, que es lo mismo que hicimos nosotros cuando fuimos comiéndole terreno poco a poco, de forma casi imperceptible (para algunos) mientras dejábamos pruebas de la huella humana con instalaciones diversas, por no hablar de elementos contaminantes.

Estamos acostumbrados a reclamar a las autoridades todo tipo de medidas cuando nos llegan los problemas. Siempre hay alguien a quien señalar para desahogar nuestra inquietud y nuestra impotencia, y en muchos casos es cierto que existe la diana oportuna. Pero ¿cómo nos quejamos ante la naturaleza imparable? ¿A quién le exigimos que llueva mejor y pare el viento? Porque si existe el cambio climático o no existe, en todo caso es culpa de otros, que además son (sean quienes sean) los que tienen que arreglarlo. Y lo cierto es que hasta los microclimas se estropean. Hoy, la naturaleza, que es mujer, también se queja. Para reflexionar.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos