Y no es una nación

JOSÉ ANDRÉS TORRES MORA

Los sociólogos también tenemos nuestros teoremas. Uno de los más importantes es el de Thomas, que viene a decir que si la gente piensa que algo es real, ese algo tendrá consecuencias reales. Se puede dudar de la existencia de Dios, pero no es prudente coger carrerilla y embestir con la cabeza contra los muros de la catedral. Como ocurre con Dios, quienes creen en la nación la habrán podido imaginar, podrán creer en ella firmemente, pero lo que se dice verla, no la han visto nunca, ni ellos, ni nadie. Con todo, existan o no las naciones, de lo que no cabe ninguna duda es de la existencia de los nacionalistas. Que son muchos y muy variados. Por cierto, al igual que con los muros de la catedral, tampoco es conveniente embestir contra los nacionalistas, con independencia de la bandera que les cobije, porque te puedes hacer bastante daño.

El nacionalismo, como todas las ideologías, tiende a aprovechar algunas singulares características del lenguaje humano, por ejemplo, las figuras retóricas. De hecho, el nacionalismo le debe mucho a la sinécdoque, esa figura en la que nombramos la parte por el todo, o viceversa. De modo que cuando el periódico titula «España ganó a Liechtenstein por 8 a 0», se está refiriendo a las selecciones de fútbol de ambos países, y no a que todos los españoles y españolas nos batiéramos en el Rheinpark Stadion contra los habitantes de Lieschtenstein en un partido de fútbol. Se trata sólo de una figura retórica, de un tropo, por eso ningún amigo inglés o alemán se nos acerca al día siguiente y nos pregunta si tenemos agujetas después del partido, o lo que es peor, nos llama abusones por ser tantos contra un país tan pequeño.

Ahora bien, si hubiera titulado esta columna «Cataluña no es una nación, y España tampoco», como llegué a acariciar en mi atolondramiento juvenil, me hubieran dado la del pulpo en las redes, y hasta es posible que alguien de la dirección de mi partido me hubiera llamado a su despacho. Pero, bien pensado, Francia es un territorio, o si se quiere, un país o un Estado, en el que viven los franceses. Los franceses, y francesas, serían la nación, pero Francia es simplemente el lugar en el que viven. Otra vez la puñetera sinécdoque haciendo de las suyas. Decir que Francia es una nación es llamar al país por sus habitantes. A algunos nacionalistas les viene muy bien confundir el continente con el contenido, pero en la vida práctica procuran no hacerlo por la cuenta que les trae. Cuando un, o una, nacionalista le dice a su pareja «me he comido dos platos», ambos saben perfectamente que lo que tienen que comprar es más judías, o garbanzos, no una vajilla nueva. Pues bien, si pensamos que España, Cataluña, o Murcia, no son naciones, sino territorios en los que vive gente con muy diversas identidades, ya sean nacionales, de género, de clase, o de equipo de fútbol, a lo mejor también se nos ocurre cómo articular que toda esa gente tan distinta viva junta, con los mismos derechos, en el mismo territorio, sin necesidad de hacer más fronteras, que ya hay muchas, oiga.

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