Nación

EL EXTRANJERO

Antonio Soler
ANTONIO SOLER

No somos nación. Los andaluces, amparados por la presidenta de la Junta, somos, solo eso, andaluces. Españoles andaluces. Europeos andaluces. Susana Díaz se afana por no romper un marco medianamente igualitario que para los modernos está desfasado. Más naciones, más tribus, más fronteras. La nueva izquierda siente que su senda, ideológica o simplemente oportunista, es aquella que se adentra en los páramos comarcales, en el sentimiento profundo de la aldea. Los rasgos diferenciales, las señas identitarias que deben preservar los ancestros por encima de la plaga de la igualdad entre comunidades. Olor a aldea. Iglesias, Sánchez, los restos de IU, comprenden el nacionalismo, ven en el elogio del terruño un acto de infinita progresía. El internacionalismo es un asunto de carcamales. Curiosamente es lo mismo que piensan y siempre pensaron los grandes reaccionarios de los siglos XIX y XX, y lo que piensan los aguerridos populistas que nos han traído el 'Brexit' y han instalado un presidente xenófobo y ultranacionalista en la Casa Blanca.

Susana Díaz juega en otra liga populista. También se ha disputado el hermanamiento con la gente, pero sin alambradas. 'La gente' es el nuevo imperio a conquistar. No los ciudadanos ni siquiera el pueblo. No. 'La gente', ese término hasta hace no mucho teñido de cierto velo despectivo y ahora reivindicado hasta la saciedad. La gente es la nueva aristocracia, ese grupo selecto al que no pertenecen, por ejemplo, los votantes del PP y casi ninguno de los de Ciudadanos. La gente de Susana Díaz es menos agreste. La otra, la auténtica gente, por lo visto, además de sencilla es plurinacional. Es decir, nacionalista. Porque si no lo fuera, si no fuese nacionalista, sería sospechosa de ser de derechas, medio facha. Es el mal de los tiempos, la gran confusión que arrastramos desde que Franco pretendió amordazar los nacionalismos periféricos en beneficio de un nacionalismo español, medieval y con aire de reconquista. Émulo del Cid Campeador, de Isabel y Fernando el Católico. Tres en uno del nacionalismo más casposo, aunque casposo es siempre cualquier nacionalismo.

Todo indica que, al menos de momento, Susana Díaz se va a quedar sola dentro del PSOE en su defensa de un Estado más solidario. Sánchez ha puesto la segadora en marcha. La ha tenido siempre, sólo que ahora tiene el depósito lleno de gasolina. La suficiente para haber arrojado por la ventana de la Fundación Pablo Iglesias a Alfonso Guerra. Guerra siempre ha mostrado un profundo rechazo a la concepción aldeana del Estado. Sus roces, colisiones más bien, con el PSC han sido sonoros. Además, apoyó a Díaz en las primarias. Sánchez le ha ofrecido una presidencia honorífica en la Fundación. Bedel antorchado. Guerra ha declinado. Prefiere estar con otra gente. Una gente menos 'gente', y más provecta. Demasiadas canas han rodeado a Susana Díaz en su congreso. En otro tiempo, eso podía ser una señal de respeto y asentamiento. Ahora, nos tememos, es signo de decrepitud. Los flamantes muchachos de la política quieren carne fresca, savia nueva, más movimiento, más naciones, más de todo.

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