El Extranjero

Mundos paralelos

En demasiadas ocasiones la bilis sustituye al chiste y la xenofobia a la sonrisa

Antonio Soler
ANTONIO SOLER

Memes, caricaturas, monigotes. Manolo Escobar, Tintín, Sergio Ramos o Mortadelo y Filemón han surcado las ondas para desembocar en los teléfonos inteligentes, o algo así, de todo el país parodiando a Carles Puigdemont, a Mariano Rajoy o a Oriol Junqueras. Los tuits, los whatsapps se han convertido en los altavoces de las barras de los bares. Las ocurrencias o los exabruptos, las boutades o los cabreos de las conversaciones de sobremesa han encontrado un diapasón sin fronteras. Algo no siempre a celebrar. Sobre todo porque lo que lanzan al aire muchos de estos airados ciudadanos sólo es mala baba y no tiene ni el filtro del ingenio con el que, por ejemplo, cuentan Idígoras y Pachi.

No, en demasiados casos se trata de munición gruesa que a quien más beneficia es a aquellos a los que se pretende ofender o ridiculizar. Y es así porque esas exaltaciones dejan al desnudo demasiada miseria moral. Puede resultar muy simpático ver a Gila o al Chiquito de la Calzada en una parodia del conflicto catalán, incluso puede rebajar la tensión por la vía del humor. Pero en demasiadas ocasiones la bilis sustituye al chiste y la xenofobia a la sonrisa. Se vio después de los atentados de Barcelona y Cambrils, que ahora nos parecen remotísimos, y se ven después de cada conmoción nacional o internacional. Imágenes y comentarios bordeando el delito, incitando al odio y haciendo comparaciones no sólo caprichosas y sin el menor rigor histórico sino apelando a lo más bajo de la condición humana.

Machismo, racismo o el más burdo y trasnochado patrioterismo que apela a la testosterona. Bajezas que ponen al descubierto la radiografía moral de quien escribe el tuit o pulsa la endemoniada tecla para poner en órbita un poco más de basura autografiada, y muy averiada. Todo eso que en una reunión de amigos podría tener la disculpa de una clara voluntad de intrascendencia, de que aquello que se está diciendo no debe ser tomado en cuenta más que para levantar acta de un supuesto ingenio, cobra un sentido diferente al pulsar el botón que lanza al mundo exterior el disparate o el retruécano. Y no digamos cuando quien emite el mensaje tiene alguna responsabilidad pública. O cuando el mensaje está lleno de indignidad. O cuando se suman ambas cosas, tal como ocurrió hace unos días con un miembro de Esquerra Republicana burlándose de la muerte del piloto del Eurofighter estrellado después de la exhibición aérea. Pero ahí están. Infinidad de casos propiciados por unos nuevos cauces de comunicación y por la escasa prudencia de quienes confunden el terreno de lo privado y lo público, de quienes todavía creen que lo que dicen en las redes sociales pertenece al terreno de lo íntimo, como si fuera el susurro burdo y supuestamente ingenioso que le dirige a un amigo en la barra del bar sobre el escote de la camarera o cómo le gustaría que un camión cargado de batas de cola le partiera las piernas a Piqué.

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