EL MUNDO AL REVÉS

JOSÉ MANUEL BERMUDO

ES difícil abstraerse estos días de todas las informaciones que nos llegan muy directamente a través de todo tipo de medios, hoy que los tenemos en abundancia. Nos vemos bombardeados por algunos asuntos que van tomando cuerpo con conatos de violencia incluidos, como está ocurriendo ya en algunas calles de Cataluña, donde el fanatismo independentista no tolera nada que no sea su objetivo, por mucho que lo disfracen colocando claveles en los parabrisas de los coches de la Guardia Civil. La Revolución de los claveles de Portugal en 1974 fue otra cosa bien distinta, y sería hasta edificante para estos radicales que no tienen ningún pudor en arrinconar y presionar a los que no piensan como ellos, si es que saben cuál fue aquella revolución.

Cuando la mayoría de los españoles quieren seguir con su vida cotidiana, intentando salir de momentos difíciles a cuenta de ir al tajo todos los días, algunos se dedican a llamarnos dictadores, vagos e incompetentes, y hasta dicen que les robamos, sin aludir en ningún momento al tres por ciento. Lo dicen quienes están incumpliendo todas las leyes y, encima le echan la culpa a los demás. Lo peor de todo esto, aparte de la deriva secesionista, es la forma de definir al resto de los españoles como si fuésemos culpables de sus contradicciones y conflictos, en una tierra en la que los andaluces fueron y siguen siendo los obreros castigados de su poder económico.

Que buen papel hubiese jugado en todo este marmagnun político el encantador de serpientes Carlos Fernández, que ha conseguido once años después del inicio del «malayeo» ser uno de los protagonistas de la actualidad (Cataluña aparte, claro) y poner sobre la mesa cuestiones legales sobre una posible prescripción de los delitos que se le imputan, con abogados que creen que dentro de unos días podría pasearse tranquilamente por las calles de Marbella. Seguramente podría hasta pasar como un héroe que ha despistado a la Justicia española y se pavonearía por el paseo marítimo con su sonrisa no operada, mientras algunos simples de mente le pedirían fotografiarse con él, como ocurrió con Maite Zaldivar cuando salió de prisión, porque desgraciadamente hay quien no entiende nada, ni siquiera que les engañaron, y prefieren los selfies con aquellos que son caras conocidas, sin importar lo que hayan hecho.

Mientras mantengamos vocaciones de «Mocito feliz», ignorando que el mundo gira de una forma y no al revés, mientras nos interesen más los personajes frikies que abundan en nuestras televisiones (seguro que Carlos Fernández será pronto uno de ellos), aunque estemos seguros o solamente tengamos la sospecha de que nos están estafando en nuestros propios rostros impertérritos, seguiremos siendo cómplices de unas situaciones maquiavélicas en las que siempre salen ganando los actores principales. El público entra y sale de la sala y a otra cosa.

En Marbella tenemos una ventaja aprovechable a la hora de atacar algunos acontecimientos que nos sobrevienen de forma, según parece, inevitable, y es que ya vivimos una época en la que escuchamos todo tipo de promesas mientras algunos engordaban sus cuentas particulares. En esos años nadie parecía saber nada, y ocurre todavía. Ahora vemos desde lejos todo tipo de mentiras sobre la democracia, alusiones cínicas a los derechos de los ciudadanos y relatos históricos que dan la vuelta a la verdad. Y encima creen que nos lo vamos a creer porque somos tontos. Y claro, es verdad que también los hay, esos que creen que oponerse a todo es lo moderno. Ya lo dijo don Miguel de Unamuno: «lo peor no es que exista Caín, lo peor son los cainitas», que los hay y muchos, aunque no sepan que lo son. No sé donde encuadraría Don Miguel al ínclito Carlitos.

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