Ahora la muerte

Alfredo Taján
ALFREDO TAJÁN

Estos días en el que un ángel, pececillo indefenso, ha sido asesinado por su madrastra -es ya muy difícil que el sustantivo se libre de su connotación espeluznante- recuerdo los versos de un poema del escritor cubano Severo Sarduy que paso a reproducirles: «Ahora la muerte se lo ha ganado todo: los cuadernos, los muebles de madera, los cobres empañados y la espera, que es una de sus formas y su modo»; y ha sido así, aunque me aconsejan que más vale no quejarse porque todo es susceptible de empeorar, pero yo hoy me quejo de los pésimos primeros meses que lleva este 2018 en los que la parca ha hecho cuentas y resulta que avanza y nos aplasta. Cuando pienso que la sustancia del mal anida en Ana Julia Quezada, mujer fría y calculadora que ha dejado, desde hace años, un rastro de sospechosas aniquilaciones a su alrededor, pienso en la inteligencia humana al servicio de la perversión. Un profesor de criminología me dice que cuanto más se ahonda en los motivos de aquellos que matan, más parece que el demonio dicta sus actos, de ahí que la criminología se acerque en muchas ocasiones a la demonología, parece mentira que la Ilustración ceda terreno a la superstición, al menos en algunos casos. Qué laberíntica el alma humana, qué corazones gélidos, qué débil la voluntad del hombre, a pesar de su acervo cultural, de sus avances. Peor aún resulta si nos preguntamos si será por eso.

Los asesinos como Ana Julia no están locos porque los locos denuncian a Luzbel al confesar que alguien les dicta al oído, que escuchan voces que les ordenan cometer, sin vuelta atrás, el fin del prójimo. En Ana Julia opera el efecto contrario, ella ha firmado un pacto silencioso con el mal, un pacto que la sigue obligando a declarar que actuó en legítima defensa, que el ángel le atacó primero, y que no hizo más que defenderse machacándole al niño la cabeza con el mango de un hacha, luego estrangulándolo y después hundiendo su cuerpo en una ciénaga. Esto no es un homicidio, es un asesinato alevoso, lo digo sin acritud y con todos mis respetos, se me ocurre que al menos el ejército de arcángeles de San Gabriel, y por Gabriel, bien podría haber aplastado a la serpiente, arrancado de cuajo la cabeza de la Gorgona, antes de que los hubiera mirado, seducido y petrificado. No se convoca en mi reflexión ninguna variable del ismo, precisamente porque el infanticidio ocupa una escala muy alta de inmoralidad en quien los comete y no caben pretextos de índole circunstancial en su castigo. Otra cosa es que se investigue en el recóndito pasado de Ana Julia en la República Dominicana, un país pobre y desahuciado, limítrofe con Haití, donde se practican todo tipo de ceremonias en base a una religión sincrética llamada vudú, cuya práctica es peligrosa, y en muchas ocasiones pasa por sacrificios humanos, incluidos el de niños indefensos. No sé, es por buscar una razón a esta sinrazón. Lo siento.

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