Moscú

José Miguel Aguilar
JOSÉ MIGUEL AGUILAR

Moscú representa la utopía para varias generaciones de españoles que confundieron la estepa con la Arcadia, ese imaginario paraíso terrenal donde la felicidad campa a sus anchas. Cuarenta años de franquismo aturdieron a personas de todas las edades que necesitaban de una ilusión para entender que allende nuestras fronteras podía existir, debería existir, un mundo mejor, ya que el de aquí dejaba mucho que desear. Es verdad que en un momento dado al pie de los Urales, frente al Caspio, junto al helado mar Báltico o a orillas del Volga encontraron refugio miles de niños que huyeron de la guerra y entre el frío y la destemplanza se hicieron hombres y vivieron desde la distancia y con la lejanía que proporciona el tiempo los horrores del conflicto fratricida. No fue un exilio dorado, pero mitigaron cierto dolor.

Cuando los ojos y la mente se fueron abriendo de forma paralela a la democracia en forma de modélica Transición muchos comprendieron que la madre patria rusa había sido en ocasiones madrastra, que allí, igual que aquí, ni todos eran tan buenos para unos ni tan malos para otros y que la entelequia intelectual fue más bien producto del espejismo ideológico que propiciaba el hermetismo interno y la cerrazón coyuntural y no una realidad palpable de comunas ficticias en las que desarrollar una convivencia perfecta. Hoy, afortunada o desgraciadamente, se sabe que la perfección nunca llegó a existir.

Pero un día la URSS se desintegró, cayó el Muro de Berlín y parte de la izquierda se quedó huérfana de sentimientos y de emociones con los que expresar su sentido de vida. Ahora que Putin asoma en el espectro político rememorando un país mejor, con las armas más avanzadas como coletilla electoral, vuelven las sombras del pasado para envolver de confusión un sueño que apenas existió en la mente de algunos.

Hoy juega el Unicaja frente al CSKA y los recuerdos aparecen como pesadillas en una noche cruel de espanto. En Moscú viví momentos épicos de semblanza sentimental e instantes amargos de incidentes que merecen ser borrados de la memoria. Ya es casualidad que del recorrido continental durante una década siendo cronista de las vicisitudes del equipo de baloncesto guardo un grato recuerdo, excepto de mi visita a la capital rusa por culpa de unos desalmados que intentaron actuar en uno de los lugares más icónicos del mundo, la Plaza Roja, símbolo del imaginario popular que hay que visitar, al menos, una vez en la vida.

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