Morir de éxito

LA LUPA

Los atascos recurrentes y los últimos episodios de violencia invitan a preguntarse si la ciudad está preparada para la avalancha de turistas que está a punto de llegar

Héctor Barbotta
HÉCTOR BARBOTTAMarbella

EL calor, pero no solamente el calor, anuncia que la temporada alta de verano llama a la puerta. Si se recurre al habitual termómetro que no suele fallar, el de la Semana Santa, se puede adelantar que será un verano esplenderoso, de lleno absoluto.

Hay otros indicadores que así lo señalan. Los últimos y desgraciados acontecimientos no han hecho otra cosa que aumentar la sensación de inseguridad global, una situación que favorece a los destinos consolidados, como la Costa del Sol, en desmedro de otros emplazamientos mediterráneos, competidores, que sólo podrían aspirar a volver a levantar cabeza en una situación más tranquila que de momento no se vislumbra en el horizonte.

Sin embargo, la mejor señal de que la temporada alta que se avecina supondrá una llegada masiva de visitantes son las calles y las terrazas ya llenas de turistas y las consecuencias colaterales que desde hace semanas se producen cada día con mayor frecuencia. La más habitual es el atasco permanente que sufren algunas vías de circulación durante gran parte del día.

Marbella va a vivir un verano mejor que el del año pasado, si se atiende al número de turistas que se esperan, y corre un serio riesgo de morir de éxito. Hace demasiados años que las infraestructuras de la ciudad no se renuevan y la última que se puso en marcha, el soterramiento, ha hecho más fluida la circulación en dirección a Estepona pero se ha mostrado insuficiente para resolver los atascos que se producen en los accesos a San Pedro. En realidad, todas las principales entradas y salidas de los núcleos urbanos -Marbella, San Pedro y Banús- son un calvario para los conductores en las horas punta y a poco que se produce un accidente o un simple alcance, las caravanas se eternizan. La autovía a la altura de Las Chapas, los accesos a Puerto Banús y el cruce de la autovía con la carretera de Ronda son los puntos más vulnerables de la red de comunicaciones de la ciudad. Ante el desembarco masivo del verano no aparece otra alternativa que cargarse de paciencia y prepararse para pasar horas atascado.

Poco a poco Marbella se va acercando a una situación en la que la ciudad deberá definir entre dos caminos: o aumentar las infraestructuras o comenzar a plantearse cómo limitar el número de visitantes. Esta dicotomía puede parecer prematura, pero si no se mejora sustancialmente la red de comunicaciones en poco tiempo estará sobre la mesa.

La insuficiencia de las autovías y de las entradas y salidas a los puntos clave, las escasas posibilidades de que prospere el tren litoral –no porque no sea posible ni necesario hacerlo, sino porque nunca se lo ha tomado en serio más allá de la retórica política– y la propia fisonomía de la ciudad, que creció y se desarrolló con urbanizaciones construidas junto a una carretera a lo largo de 27 kilómetros, no invitan a ser optimistas sobre la posibilidad de resolver a corto plazo el creciente problema de los atascos, que se presenta como la más seria amenaza al buen funcionamiento de la ciudad para los próximos años y también como una loza para la calidad de la oferta turística.

Hay otras cuestiones que resultarían más sencillas de resolver si hubiese voluntad política traducida en partidas presupuestarias. Una son las playas, la otra es la seguridad y la imagen asociada a la seguridad.

Cuando Marbella no se había recuperado todavía del impacto que supuso el incidente del atropello múltiple y posterior colisión, también múltiple de hace dos semanas, en estos días una pelea multitudinaria a la salida de una discoteca ha vuelto a poner a la ciudad en el escaparate que más daño le hace.

Esas imágenes escalofriantes de un salvajismo animado por la borrachera, pero no sólo por la borrachera, son bastante descriptivas acerca de dónde se encuentra una parte de la sociedad y podrían haber sido grabadas en cualquier lugar de España. No es verdad, como se ha escuchado, que la pelea saltó a los medios de comunicación porque todo lo que pasa en Marbella se magnifica. Las imágenes eran suficientemente sobrecogedoras como para que fueran recogidas independientemente de dónde se produjeron. Tampoco vale argumentar que los protagonistas no eran ni vecinos de Marbella ni turistas, sino jóvenes desplazados de otras localidades para una noche de juerga. La pelea tuvo lugar aquí, a las puertas de verano, y ese es un lujo que la ciudad no se puede permitir.

No es casualidad que esta misma semana desde el Ayuntamiento se haya reclamado al Gobierno mayor compromiso con la seguridad. Por población y por importancia, Marbella debería tener no una comisaría de Policía decente, sino dos, y lo que tiene son unas instalaciones vetustas en las que los agentes no tienen espacio ni para ducharse ni para trabajar, y donde la dotación de personal es insuficiente.

Ahora llega el verano, la población de la ciudad se multiplica, una buena parte de los policías se van de vacaciones, llegan personalidades de todo el mundo a las que hay que brindar protección las 24 horas y el Ministerio del Interior no considera necesario incrementar la plantilla. Los refuerzos que envía ni siquiera alcanzan para cubrir las bajas por vacaciones. El compromiso con el turismo se demuestra en estas cuestiones. Marbella no es una ciudad insegura, pero no se debería jugar con fuego.

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