La montaña rusa

Regañar es una práctica constructiva que conlleva cierto riesgo

Pablo Aranda
PABLO ARANDAMálaga

En el Vaticano se puede vivir como Dios. El cardenal Bertone habita en un ático de 300 metros cuadrados más otros 100 de terraza. Fue el primer ministro del Papa anterior y vive a 50 metros del Papa actual, a quien podría pedir un huevo si le hiciese falta, como buenos vecinos. El Papa vive en una residencia mucho más modesta y eso que es jefe de Estado, y Papa. El cardenal Rouco Varela se mudó hace dos años a un ático en Madrid con ocho cuartos de baño, uno menos que el de la casa de Obama, que sin embargo tenía nueve dormitorios. Vaya faena que te inviten y te toque la habitación sin aseo. El ático de Ignacio González en Estepona tiene 300 metros cuadrados más otros tantos de terrazas, imagino que tendrá perro que le ladre. Ignacio González fue detenido y al cardenal Bertone, que encima se llama Tarcisio, le acusan de haber pagado la reforma del 'piso' con fondos de un hospital, pediátrico para más inri. Tener un ático no basta: debe estar en su sitio. Una zona vigilada y tranquila. En el periódico de ayer hablaban de un señor de Granada que tenía un ático, pero no en su sitio. Un grupo de jóvenes se reunía abajo cada noche y ya sabemos cómo son muchos jóvenes mediterráneos cuando se reúnen cada noche. El señor de Granada se asomó para que se callaran y se cayó. El sepelio del señor de Granada coincidirá con el inicio del juicio por el ático de Bertone, quien no se sentará en el banquillo sino en alguna butaca de su ático, donde sigue viviendo.

Regañar es una práctica en principio constructiva, si se hace de manera correcta y se tiene suerte con el regañado. Cuando yo era niño, el vecino del tercero bajó a regañar a un grupo de jóvenes jaleosos que ahora serán adultos y tal vez adúlteros y le dieron una paliza. Yo habría bajado a ayudarle, pero es que no tenía edad. En Málaga, agentes de la Policía Local rompieron la ventanilla de un coche francés. En la época de lo de mi vecino los agricultores franceses rompían camiones españoles, pero esto no tenía nada que ver. Resulta que dentro del coche había un niño encerrado, llorando y, lo peor, con sudadera. Los abuelos se habían ido al Museo Picasso y regañaron a los agentes por haberles roto la ventanilla. A mí no me permitirían que les regañase. Los casos conocidos hasta ahora de abandono de niños en coches eran de padres o madres que los dejaban para tomarse la penúltima, pero lo de visitar un museo desconcierta. Como el final de la historia es feliz -más allá de unos cristales rotos- podría aprovecharse la noticia para dar publicidad a Málaga, la ciudad de los museos. Se entiende que el niño no quisiera ir a una exposición, pero no había por qué haberlo dejado encerrado en el coche. Y con sudadera. Hasta Trump, que acaba de estar en Francia, se lleva a sus hijos al trabajo. Algunos de ellos están atrapados justo ahora en una montaña rusa, pero eso es otra historia.

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