Un mono en aprietos

La reeducación alimentaria basada en el rigor científico es el único mecanismo para una vida nutricionalmente sana

JAVIER MORALLÓNPROFESOR DE BIOLOGÍA Y EXPERTO EN TECNOLOGÍA ALIMENTARIA

Hace unos 10 millones de años toda la zona ecuatorial de África era una exuberante selva; en este tipo de hábitat, plagado de árboles, era una buena idea vivir sin tocar el suelo. Los primates llevaban millones de años especializados en la vida arborícola con sorprendentes adaptaciones como manos y pies prensiles, ojos de carnívoro para medir distancias y alta capacidad cerebral fruto de su necesidad de vivir en comunidad y relacionarse. Otra llamativa adaptación era su facultad de ver en color debido a que su alimentación eminentemente frugívora les obligaba a buscar continuamente fruta madura, algo que puedes hacer mucho más fácilmente si eres capaz de distinguir los rojos y amarillos. En estas que nuestros felices primates no sabían la que se les venía encima, por esa época millones de toneladas de magma del manto terrestre se dirigían hacia la corteza terrestre con la clara intención de romper África por la mitad (proceso que sigue en la actualidad), esta pluma convectiva provocó lo que en geología se conoce como valle de rift, una distensión del terreno que da lugar a extensos valles con cordilleras montañosas a ambos lados. Estas montañas comenzaron a impedir el paso de las nubes cargadas de agua a la zona oriental de África, por lo que la frondosa selva empezó a transformarse en las extensas llanuras que hoy conocemos como sabana. Los primates que habían tenido la mala suerte de quedarse en la zona este estaban contra las cuerdas, sus antiguas adaptaciones no valían de mucho en una llanura desarbolada, llanura en la que otros muchos animales llevaban millones de años de ventaja evolutiva, algo que se traducía en mejor vista, oído, garras, dientes o una mayor capacidad de correr, atacar y huir. Se cree que la inmensa mayoría de nuestros desdichados primates moriría y para los pocos que se resistieran a desaparecer la vida tuvo que ser realmente dura.

Ya hemos visto que los antepasados del hombre no destacaban en nada frente a sus nuevos competidores, ¿en nada? Bueno, la capacidad craneal sí que era un punto a favor de nuestros abuelos. Se piensa que algunos grupos de primates debieron de exprimir esa capacidad craneal para generar estrategias de supervivencia. Y ¿en cuanto a la comida? Pues olvídese de la fruta, simplemente porque no habría suficiente. Estos monos pasaron a ser omnívoros oportunistas que no podían despreciar nada de apariencia comestible, semillas, tubérculos, insectos, bichejos, carroña... Como vemos, el refrán de «pájaro que vuela, a la cazuela» tiene sus años. Esta nueva dieta, lejos de ser un problema, supuso una ventaja ya que incorporaba proteínas de alto valor nutricional que las frutas no tenían, esto permitió que el cerebro se desarrollara más y mejor, por lo que se dio una relación virtuosa entre mayor consumo de proteínas y comportamientos más inteligentes que poco a poco mejoraron las probabilidades de supervivencia.

Es imposible imaginar las duras condiciones que los primitivos homínidos tuvieron que soportar durante millones de años; estas condiciones produjeron adaptaciones que se mantienen hoy en día. Con respecto a la alimentación, la que nos interesa, estas adaptaciones debían de regular las numerosas y prolongadas épocas de hambruna que seguro fueron compañero fiel en nuestro periplo prehistórico. Algo que debía amortiguarse por parte del metabolismo de forma que cuando estas aparecieran el cuerpo tuviera dos estrategias claras: por un lado, reducir al mínimo el gasto energético y, por el otro, aprovechar al máximo cualquier cosa mínimamente comestible. Pensemos que de esto dependía la continuidad de la especie y los supervivientes fueron transmitiendo dicha adaptación a sus descendientes hasta llegar a nosotros.

El control de estos procesos corresponde a la amígdala cerebral y los mecanismos bioquímicos que desencadena son muy potentes, no olvidemos que la vida está en juego.

Lo de ponerse a dieta es propio de los últimos 50 años, una broma en términos evolutivos. Tu cuerpo no va a distinguir entre una dieta y un periodo de escasez potencialmente mortal, por esa razón pasar hambre no es una buena estrategia porque es imposible controlar ese impulso. Da igual como se llame el gurú que te proponga una dieta donde pases hambre porque al final fallará, tarde o temprano el atracón aparecerá. Es como pensar que uno puede aguantar sin respirar, en el momento que nuestro cuerpo detecte que corre serio peligro cogerá las riendas y te obligará a tomar esa bocanada de aire. Con el hambre el proceso es parecido, lo que pasa es que al ser más espaciado en el tiempo nos da una falsa sensación de control.

Así que lo de pasar hambre durará lo justo, por lo que más pronto que tarde volverás a comer de forma parecida a como lo hacías antes pero con una novedad, tu cuerpo ya habrá activado los mecanismos de austeridad; en consecuencia, lo mismo que comías antes te hará engordar mucho más.

Al final, la conclusión es la misma, nada de dietas y atajos. La reeducación alimentaria basada en el rigor científico es el único mecanismo para una vida nutricionalmente sana.

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