RELACIONES HUMANAS

Monitorizados y monetizados

JOSÉ MARÍA ROMERA

Entre mejorar la cultura sanitaria de los individuos y fomentar en ellos la obsesión por la salud hay solo una fina línea que últimamente parece haberse difuminado. Una de las manifestaciones de la actual fiebre por estar sano es el auge de aplicaciones para dispositivos móviles destinadas a controlar el ejercicio diario, contar las calorías ingeridas, recibir consejos médicos o seguir dietas de adelgazamiento para todos los gustos. Se calcula que de los más de tres millones de ‘apps’ existentes en el mercado, alrededor de 200.000 corresponden al campo de la salud y los cuidados físicos. La mayor parte de ellas están ideadas para la automedición (‘self-traking’) de todo tipo de índices y constantes, muchas veces con elementos lúdicos incorporados que estimulan la competencia y la fijación de objetivos de mejora a la manera de los entrenamientos deportivos.

Ya no nos conformamos con atender las señales del cuerpo para saber si estamos bien o mal; esa evaluación debe pasar por números, gráficos y señales que avisan de cuándo se ha rebasado un determinado límite o cuándo se ha cumplido con las medidas canónicas de lo sano. En las ‘apps’, el ‘efecto Hawthorne’ (la reacción derivada de saber que estamos siendo objeto de un estudio, aunque sea un autoestudio) y la socialización de la actividad (abundan las ‘apps’ que comparan nuestros datos con los de otros) actúan como estímulos favorables que a la larga contribuyen a mejorar globalmente la salud de los usuarios. Pero al mismo tiempo los profesionales de la medicina recelan de la eficacia de estos sistemas, al margen de su innegable componente motivador. Bien es cierto que la motivación se va apagando conforme decrece el atractivo del juguete y el controlado se aburre de mirarlo a todas horas como si le fuera la vida en ello. Por útiles que puedan resultar en determinados casos de enfermos crónicos o pacientes sujetos a medicación estricta, las ‘apps’ corren el riesgo de mimetizarse con otras aplicaciones de ocio sujetas a las modas; cuando dejan de atraer, se olvida al mismo tiempo el motivo razonable que nos había empujado a usarla y en consecuencia se abandona el cuidado físico.

Si bien en el campo de la salud tenemos pruebas sobradas de que la tecnología ha venido en nuestra ayuda, también es cierto que sus inventos, al igual que los fármacos, producen efectos secundarios. El no menor de ellos es una dependencia que acaba derivando en aprensión. Ya la conocíamos en los aparatos de medición empleados en el ejercicio físico por parte de deportistas aficionados, ridículamente colgados del cronómetro como si en vez de practicar una actividad sana fueran a batir plusmarcas mundiales. Ahora, con la proliferación de ‘apps’ dotadas de alarmas y de señales de aviso, esta tendencia se ha agudizado hasta el punto en que todo es susceptible de convertirse en cifras. Como explica Simon Garfield en su no por entretenido menos documentado ‘Cronometrados’ (Taurus, 2017), nada escapa a nuestra manía de medir las cosas y medirnos a nosotros mismos: ya lo hagamos en unidades de tiempo –como las que él considera en su libro–, de espacio, de peso o de densidad, somos un manojo de dígitos a los que rendimos culto más allá de lo que ellos representan.

No pasaría de ser un signo de la época si no fuera porque la proliferación de las ‘apps’ va más allá de la moda y de la hipocondría (o cibercondría, como se ha dado en llamar a la búsqueda permanente de información médica en internet, un fenómeno paralelo al empleo compulsivo de aplicaciones de salud). A menudo detrás de estos amables útiles de control que nos acompañan a todas horas están los intereses de compañías y corporaciones de los sectores médicos y de seguros. Muchos de esos sistemas son unos poderosos medios de captación de datos masivos cuyo cometido no acaba en la información dada al usuario. Nadie nos garantiza ya que nuestros números de pasos dados a diario, de pulsaciones, de píldoras tomadas o de hidratos de carbono ingeridos, convenientemente recogidos y procesados por la compañía aseguradora con la que tenemos suscrita una póliza no pueden actuar en nuestra contra en un momento dado.

Por norma general, el usuario de móviles y dispositivos electrónicos ha renunciado a indagar qué ocurre con sus datos de cualquier tipo, que al margen de las eufemísticas políticas de privacidad van alegremente de mano en mano. El último reducto de su confianza se lo proporciona la creencia en su propia insignificancia. Nadie, se dice a sí mismo, perdería el tiempo en hacerse con una información de la que no va a sacar provecho alguno. Pero no deben de pensar igual las compañías que, según investigaciones de organismos oficiales estadounidenses, compran a los propietarios de ‘apps’ los datos de sus usuarios. Y es que a veces hablamos de cuidados de la salud cuando deberíamos estar hablando de mercancías. Los neologismos ‘monitorizar’ y ‘monetizar’ son verbos demasiado parecidos.

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