Monedero tocando a gente

FRANCISCO APAOLAZA

Hasta Monedero, lo más exótico que le había pasado a la Carrera de San Jerónimo había sido el soufflé surprise de Lhardy. Incluso los guardias del 23F saltando por la ventana del Congreso de los Diputados tuvieron cierto aire de transición ordenada. Casi me dejo el asombro que cundió en el pueblo cuando se enteró de que a uno de los dos leones -nunca tengo claro cuál es Daoíz y cuál Velarde- le faltaba un huevo. Allí al lado también falleció Rita, pero hablamos de una calle con cierto aire de cinta transportadora de granito yendo a desembocar a Neptuno. De los Black Block de aquella primavera de la gasolina ya no queda ni el camarero antichavista de la cafetería que salió a la puerta en la última noche de fuego. Neptuno, sí, siempre ha tenido un aire inesperado. Recuerdo el día en el que rodearon el Congreso los adolescentes esperanzados del 'Sí se puede' y de pronto vinieron los banderazos, las cargas, las botellas volando y los cócteles molotov a los pies de los reporteros. Una estudiante cruzó a cuatro patas la escena de la devastación y, presa de un ataque de pánico, vomitó debajo de un arbolillo un sandwich de Rodilla de queso y nueces.

Es curioso en qué rematan las cosas. España es una sucesión de escenas inconexas, pero tiende a normalizarlo todo, hasta este baile de corrales del Gobierno de España, que de pronto parece una peli golfa de hermandades de campus gringo y ahora nos vemos como la cima de la solidez democrática. El 15M también parecía el acabóse y de toda aquella hoguera de esperanzas queda Juan Carlos Monedero tocando gente junto al Congreso. Lo hemos visto ir de un lado acercándose a la gente como un líbero del absurdo, preso de una alegría casi química; como si hubiera dormido poco. Su desliz fue la manera en la que agarró de los hombros a Soraya. La sostuvo un segundo de más y quedó claro que fue roja directa, pues a la gente no se la agarra para decirle cosas malas.

El contacto físico es a veces un espacio de decepción. Hay que entender a Monedero como un tipo simpaticote que no lo hace a posta, más bien anda preso de un impulso a veces excesivo, que lo mismo te dice no sé qué del imperialismo en 'Rey León', que te imita el acento andaluz. En Andalucía se dice de este tipo de persona que es «un gracioso», y es lo peor que se puede decir de uno.

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