El misterio de lo pequeño

Rafael J. Pérez
RAFAEL J. PÉREZMálaga

El filósofo católico y académico francés Jean Guitton fue durante años prisionero de guerra. Lo fue en un campo de concentración. Unos seis mil hombres se hacinaban en aquel espacio entre los que se encontraba el escritor que se reuniría con Mitterrand y al que el líder socialista francés reconoció que había leído todos sus libros porque le consideraba un hombre libre. Aquellos hombres privados de libertad y de la familia sentían pasar angustiosamente las horas. Guitton cuenta que en aquel lugar un puñado de hombres destinado a pudrirse en vida convivían oficiales militares. Durante los interminables minutos de prisión aquellas personas reflexionaban con cierta frecuencia sobre la condición humana. El escritor recuerda que durante un triste y tedioso atardecer no sabían qué hacer. Alguien imaginó un extraño juego: cada uno debía contar de qué modo su padre había conocido a su madre. Pese a ser muy distintas, todas las historias se parecían. Al menos en lo que encerraban. Lo que había provocado el amor en la pareja con frecuencia fue un pequeño detalle: perder un tren, una mirada casual, una simple palabra; un silencio prolongado, un encuentro fortuito o una reconocida canción. Tras estas confidencias de barracón se produjo un silencio importante. Cada uno entendió que la chispa que al principio surgió entre sus padres había sido originada por algo inicialmente insignificante: una sonrisa sincera, una personalidad atractiva o el color de unas pupilas; la forma de unos labios, una mirada inesperada o una palabra acertada. Ellos existían como consecuencia de algo aparentemente pequeño. Algo que pasó desapercibido para el resto del mundo. Algo que no acaparó titulares en la prensa como el referéndum catalán, la liberación de Capriles o el verano atípico que vivimos. Pero fue algo que sus padres identificaron, cuidaron y alentaron. Jean Guitton explicaba cómo cada uno de los prisioneros comparaba la desproporción que había entre cómo arrancó la relación de sus progenitores y lo que había dado como fruto: los hijos. Aquellos tipos comprendían que estaban ante un misterio. El misterio de la vida. Un misterio que descolocaba por el escalón tan grande que había entre, por una parte, algo fugaz y aleatorio y, por otra, el universo personal surgido de una casualidad, un encuentro o una mirada. La vida misma mientras trabajo, veraneo o relaciones se establecen, restablecen o se disfrutan. Todo tan sorpresivo, grande y pequeño a la vez.

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