El misterio del dolor

José Antonio Trujillo
JOSÉ ANTONIO TRUJILLOMálaga

El dolor es una verdad sin disfraz. Es lluvia que moja, frío que hiela. Por ser tan humano, tan constante, se convierte en algún momento en real. La vida no es otra cosa que la no rendición frente al sufrimiento y el dolor, que en tantas ocasiones pretenden empequeñecer la altura del hombre.

Son muchos los que se engañan trabajando por una sociedad que apuesta casi en exclusiva por el lado amable de la vida, y cuyos referentes son el éxito, la popularidad, el placer y la riqueza. Indudablemente así no hay sitio para el envés de nuestra propia existencia. Su lucha por eliminar el dolor de forma razonada no sólo se queda ahí, sino que también se empeñan en silenciarlo y retirarle sus características de real y autentico.

Rechazar sistemáticamente el sufrimiento y el sacrificio que inevitablemente la realidad nos demanda, se puede conseguir al precio de aceptar una vida falseada en sus cimientos, que al precio de deshumanizarse paulatinamente, engendra personalidades afectivamente débiles e inestables.

En estos días de Triduo Pascual, con las imágenes de Jesucristo y la Virgen María recorriendo nuestras calles, somos muchos los que buscamos respuestas en nuestra fe al misterio del dolor.

El psiquiatra austriaco Victor Frankl escribió su famoso libro “El hombre en busca de sentido”, tras ser liberado de un campo de concentración nazi. Sentenció sin dudarlo: ““El interés principal del hombre, es el de encontrar un sentido a la vida, razón por la cual el hombre está dispuesto incluso a sufrir a condición de que este sufrimiento tenga un sentido”. Cuando la vida se encuentra en apuros, el sentido nos puede recordar sonidos propios de la grandeza de nuestra dignidad y nuestra individualidad, que nos permiten seguir plantando cara a la adversidad.

En mi carrera profesional como médico, he sentido la llamada de la parábola del “buen samaritano” en numerosísimas ocasiones, y he comprobado que en el dolor y en el sufrimiento, sólo podemos acompañar desde la sinceridad de nuestras heridas propias, desde la humanidad de nuestro dolor. Por desgracia no hay respuestas sencillas para los metros de profundidad de la desazón del que sufre. Las personas creyentes queremos confiar que en la lógica de nuestra historia, encontraremos sentido a nuestras vidas, ya que la fe en Cristo no suprime el sufrimiento, pero lo ilumina, lo eleva, lo purifica, lo sublima, lo vuelve válido para la eternidad.

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