Dos millones

LORENZO SILVA

Según los sondeos, y a falta de que lo ratifiquen las urnas, son nada más y nada menos que dos millones de personas. En su interpretación, por poner un ejemplo, la restitución a Aragón de una parte de su patrimonio histórico, ordenada por un juez tras su expolio mediante una venta más que dudosa por parte de quien tenía un muy cuestionable derecho a disponer de ella, es un atropello al autogobierno y la dignidad de Cataluña. Y no sólo están dispuestos a salir a la calle a proclamarlo a gritos, sino incluso a enfrentarse a esa policía autonómica a la que hace nada vitoreaban y en cuya sujeción a la ley, lejos del proceder habitual de un cuerpo de seguridad pública, ven la vil sumisión a un mandato infame que la convierte en un hatajo de esbirros del abominable poder central ejercido desde Madrid.

Y así todo. Mucho se ha dicho y escrito sobre el carácter transversal y «de abajo arriba» del movimiento independentista. Pero en la práctica la muchedumbre que lo sostiene ha exhibido una capacidad de someterse a la agenda de sus dirigentes hasta extremos insospechados. No sólo han aceptado la tramitación de leyes secretas, la nula rendición de cuentas respecto del gasto público destinado a la empresa de liberación nacional o hasta la variación a primera hora de una jornada electoral de las normas básicas que regían la convocatoria a las urnas. También se han visto compelidos a aceptar la necesidad de participar en unas elecciones supuestamente ilegítimas convocadas por el enemigo, siguiendo la prescripción de sus líderes, y aun a sostener que el hecho de que su president se diera a la fuga y se pusiera a salvo mientras sus subordinados eran detenidos y encarcelados, lejos de ser lo que a cualquiera le parece, resulta encomiable.

Todo esto podrá parecernos (y es) extraño, incluso llega a plantear a algunos la sospecha de hallarse ante un fenómeno de arrebato u ofuscación colectiva, pero es un hecho y un dato del problema que resulta tan tozudo como imposible de ignorar. Nos guste o no, esos dos millones de ciudadanos, que lo son de Cataluña y todavía de España, están ahí y no van a desaparecer como por ensalmo el 21 de diciembre. Antes bien, proveerán a quienes los representan de un buen número de escaños en el parlamento de Cataluña, y de una legitimidad democrática con la que no hay más remedio que contar de cara al futuro.

Más allá de la aritmética resultante de las elecciones, que ya puede anticiparse que no provocará la euforia de nadie, por más que alguno o todos den en fingirla, importa pensar en cómo reconducir a partir del 22 la situación. En cómo encontrar la manera de volver a sumar a tanta gente a la empresa común que han decidido abandonar, y que sin ellos y con su oposición tiene por delante un penoso recorrido.

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