El extranjero

Milagreros

Ayer se reunió el Parlament y certificó que Carles Puigdemont, al que se consideraba un cadáver político, sigue vivo

Antonio Soler
ANTONIO SOLER

Al final la profecía se cumplió y al mesiánico Puigdemont lo detuvieron en Domingo de Ramos. No fue en un olivar de Getsemaní, ni siquiera de Lérida, sino en una gasolinera de Alemania. Surtidores en vez de olivos centenarios y agentes alemanes en vez de centuriones romanos. Nadie le cortó la oreja a nadie. Los dos mossos que acompañaban al ex president no llevaban espada, así que Puigdemont no tuvo que obrar el milagro de restituir ningún pabellón auditivo a ninguna cabeza teutona. La cosa tuvo tintes más administrativos que épicos. Ni siquiera le colocaron los grilletes al ex honorable. Lo han alojado en una celda individual, le han dado tres libros para que distraiga las horas y sus abogados dicen que se encuentra relajado. Supone uno que la procesión irá por dentro. Al Calvario no se sube en ascensor.

Ayer se reunió el Parlament y certificó que Carles Puigdemont, al que ya se consideraba un cadáver político, sigue vivo. Los soberanistas practicaron de modo colectivo la resurrección de Lázaro. Ya no quieren que Puigdemont sea el presidente virtual ni espiritual de la cosa sino que lo sea de modo efectivo. La resurrección de la carne tal cual. Roger Torrent, que en su calidad de presidente del Parlament debería estar lavándose las manos todo el rato como un pulcro Pilatos, hace partidismo al mismo tiempo que intenta no cruzar la línea legal que llevó a su predecesora Forcadell a chocar de frente contra la Justicia y contra Europa, es decir, contra el muro de cemento de la realidad.

En eso andan. Por mucho que los evangelistas del procés le den vueltas a la semántica y quieran convertir en exiliados a los fugados y en mártires a los presos, los hechos y el código penal siguen ahí. Nunca tuvo tanta importancia el orden de los adjetivos y los sustantivos. Presos políticos frente a políticos presos. Ese es el concepto que encierra el misterio y mueve a la fe a unos dos millones de catalanes. Algunos de ellos están dispuestos a cortar carreteras, hacer escraches o lo que sea necesario con tal de alcanzar la república celestial y defender los santos preceptos del independentismo. Vivir en las catacumbas a la espalda de Europa, ser más pobres (con la esperanza de alcanzar la gloria económica pasado mañana, naturalmente), jugar la liga con las estrellas del Mollerusa en el Camp Nou. Todo es asumible. Lo que importa es abrir las aguas del mar, separar una tierra de otra, proteger al pueblo elegido. Aquí, andamos en otra cosa. La procesión va por fuera y el milagro más alto que se ha visto ha sido el que ha propiciado un atracador que con una sola bala ha herido a tres personas. El hombre estaba de permiso penitenciario por Semana Santa. El cielo nos asista. Aunque lo del cielo tampoco está claro. Dicen que la estación espacial china se estrellará contra la Tierra este fin de semana. Cataluña está entre los puntos de impacto más probables. Será cosa de los españolistas.

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