Sí, tengo miedo

Pedro Luis Gómez
PEDRO LUIS GÓMEZ

Nací en un país amordazado por una dictadura que era una excepción en Europa occidental y en el mundo libre. Nací apenas una década después de que terminara la II Guerra Mundial y cuando casi no había pasado tres lustros del fin de la Guerra Civil, y de mi primera infancia sólo tengo vagos recuerdos, pero todos giraban en torno al miedo. El miedo que veía reflejado en la cara de mis abuelos sobre todo. Había temas de los que no se hablaba, entre ellos, el de la guerra. Su mero recuerdo producía miedo. Me crié en una casa humilde en el Camino de Antequera donde había una habitación entera llena de paquetes de azúcar, de arroz y de lentejas, según mi abuela para «tener algo» si volvía la guerra... Apenas si tengo otros recuerdos, pero aquel miedo siempre me acompañó. Aquel niño creía que lo ocurrido, las dos guerras, eran cosa del Neandertal, pero ahora, cuando uno es consciente de que el tiempo no se puede parar ni comprar, se da cuenta de que 15 años no son nada. Con el tiempo, ese miedo fue desapareciendo pero con limitaciones. Al terminar el bachillerato, el antiguo, marché a Madrid a estudiar cuando Franco entraba en un largo proceso de agonía y a este país le entraba a partes iguales entre el miedo y la esperanza por lo desconocido tras 40 años de dictadura. Viví en aquella época universitaria en la capital de lo que ya era un Reino, no pocas veces atemorizado, los tremendos sucesos acaecidos en la España que luchaba por la democracia, asolada por el terrorismo y los grupos radicales, que a toda costa querían llenar las calles de sangre. Recuerdo que hubo un curso que tuvo apenas 30 días de clase... El resto, manifestaciones, enfrentamientos, disturbios, atentados. Miedo pasé cuando en la calle Correo, a apenas 30 metros de la pensión 'menos una estrella' en la que vivía al lado de la Plaza Mayor, una bomba en una cafetería mataba a decenas de inocentes. Pasé del miedo a la ilusión y a la esperanza conforme veía la altura de los dirigentes políticos de la época, la suma de esfuerzos, el anhelo por conseguir una democracia consolidada; de la esperanza pasé a la alegría al poder acercarme a las urnas para votar una Constitución que nos hacía libres, y de la alegría pasé al entusiasmo al ver reconocida una Andalucía plena en una España democrática con mayúsculas... El miedo volvió un frío mes de febrero por un frustrado golpe de Estado, pero siempre la ilusión colectiva pudo con todo. Hace unas horas viviendo el esperpento del Parlamento catalán, volví a sentir miedo por culpa de quienes acusan a España de no respetar la democracia que ellos quieren suprimir, de los independentistas radicales que quieren lapidar a todo el que no piensa como ellos, que quieren cargarse literalmente hablando al estado más antiguo de Europa. Recordé entonces a los muchos españoles que han dejado su vida en estos años relatados luchando por una democracia plena para que un país llamado España fuese dueño de su presente y su futuro. Hace unas horas, al ver esos rostros, esos ojos cargados de ira, los de la 'cazabanderas' Martínez, el (des)honorable Puigdemont, el nefasto consejero de Interior catalán o el sibilino Junqueras, amén de los 'antisistema' de la CUP, el miedo volvió a apoderarse de mí y sin querer entoné aquella canción de mi añorada Cecilia, «mi querida España, esa España mía esa España nuestra...» Y es que sí, vuelvo a tener miedo.

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