El miedo

A la vez que nos decimos valientes, reclamamos bolardos. Tal vez Europa está abocada a la isrealización en materia de protección

JOSÉ MARÍA ROMERA

Con ser terribles las consecuencias del atentado de Barcelona y Cambrils, a la vista de lo que preparaban los terroristas se quedan pequeñas. Uno no es muy amigo de la historia contrafactual, pero no cabe duda de que el material acumulado en Alcanar habría servido para hacer volar por los aires unos cuantos edificios y bastantes cuerpos más que los atropellados por la furgoneta asesina y los acuchillados en el plan alternativo. Así que, con todas las reservas morales y estéticas pertinentes, hay motivos para congratularse. No pasó más porque el azar no quiso. Mirando más alto, la reflexión vale asimismo para el número indeterminado -pero sin duda nada despreciable- de operaciones terroristas abortadas en estos años gracias a la acción policial.

Por eso es difícil estar de acuerdo con ese bienintencionado «no tinc por» que resuena como un «no pasarán» despojado de tonos bélicos pero cargado de una fuerte intensidad emocional. «No tenemos miedo» no es la descripción de un estado de ánimo colectivo, sino un exorcismo. Contra el desprestigio del miedo entendido como una emoción paralizadora habría que reivindicar el miedo racional, prudente y sensato, que deriva de una evaluación fundada en datos y hechos. «No temas a la prisión, a la pobreza ni a la muerte. Teme al miedo», anota Leopardi en su 'Zibaldone'. Pero el miedo constituye el elemento primordial en el bagaje evolutivo de la especie humana. A la vez que nos decimos valientes, reclamamos bolardos. Tal vez en materia de protección Europa está irremediablemente abocada a la israelización a la que hace poco se refería David Grossman, la de unas democracias asediadas que se blindan bajo estrictas medidas de seguridad escindiéndose en dos frentes: por un lado, la sociedad liberal abierta, para los suyos; por otro, la policiaca sin contemplaciones, para los que considera enemigos.

Sea cual fuere la fórmula, el desafío consiste en gestionar unos miedos que abren el paso a fantasmas indeseables. La islamofobia representa uno de ellos, pero no el único. Tan peligroso como extender la sospecha a toda una cultura y su correspondiente religión es negarse a admitir el sustrato religioso de esta amenaza en nombre de una tolerancia sin límites. Vale gritar «no tenemos miedo» si con eso enviamos al terrorista un mensaje de resistencia, pero sería un error hacerle entender así que permanecemos impasibles como si nada hubiera pasado, como si esperáramos su acometida a pecho descubierto. Negar el miedo es una forma de taparse los ojos ante la amenaza. En este momento otros 'radicalizados', en algunos lugares del continente que perfectamente pueden estar en nuestro barrio, planean otras atrocidades. Algunos conseguirán su objetivo. Es una insensatez pensar que gritando que no tenemos miedo a que ocurra estaremos protegidos.

Fotos

Vídeos