De las mesas a las masas

De los asustaviejas se puede pasar a los asustavecinos guiris en estado de jarana insaciable

José Vicente Astorga
JOSÉ VICENTE ASTORGA

El gran debate hasta ahora era cómo moverse por las calles sin tropezar con sillas y mesas, ese bosque ruidoso que esconde un futuro hecho presente nada más doblar la esquina donde espera un restaurante en el bajo de un edificio troceado en alojamientos. La calle repleta es solo una parte de la sobreocupación del Centro. No es el gran problema de la masificación, aunque sea su evidencia de balcones afuera. La tranquilidad anda en retirada entre esa trashumancia guiri atrapada a veces entre santos traslados a los que coloca toallas en el balcón. Tropezar ya con cordadas de turistas con 'trolley' o tribus enteras en bici es más probable que con una mesa. No extraña que haya gente que piense que ser inquilino de larga temporada en El Centro es más difícil que encontrar empleo fijo. La quimera del oro del alquiler vacacional es ya de platino en Málaga. Hace tiempo que dejó de ser una aventura sólo de verano para convertirse en el segundo negocio más boyante después de la hostelería. El Centro no deja entrar a nuevos vecinos e incluso empuja a los de toda la vida a hacer números y maletas. Los hay que huyen a un rincón de su propio piso para alquilar habitaciones y los que se autoexilian a la periferia sin turistas en un éxodo nada colaborativo. Plataformas, empresas, particulares y vecinos arriesgan en esa carrera de las camas vacacionales que encierra un cambio radical lleno de incógnitas y negruras fiscales. La sociodemografía tradicional del Centro decae también, pero la recuperación de edificios vacíos es imparable. Es uno de los grandes éxitos, aunque el 'boom' regenerador encierre la bomba retardada de los monocultivos.

Después de varias décadas de escuchar el mantra municipal de la rehabilitación del Centro como si se tratara del mismísimo saneamiento integral de nunca llegar los resultados no han venido por la vía de la Gerencia de Urbanismo sino por la ambición de empresas y particulares para darle camas al turismo, una presión que se les atraganta a los funcionarios con licencias en lista de espera. El turismo de masas ha venido para quedarse más de esos dos días de media por visitante. Preocupa mucho y, por fin, está en la agenda política. Todo problema representa una oportunidad, y el debate ha llegado sobre las tasas e impuestos con los que repartir la factura del crecimiento imparable. Hay tiempo aún para vacunarnos contra la turismofobia gracias a los errores de otras ciudades, que han pasado de los asustaviejas a los asustavecinos guiris en estado de jarana insaciable en ese edificio donde molestan los residentes. La idea de aplicar recargos al IBI de viviendas turísticas, la de cobrar por la basura que generan o la de implantar a todo el sector una mínima tasa por viajero y noche no son un peaje descabellado hacia la tranquilidad de todos. Hay metas que necesitan ordenanza municipal y hasta 'policía' turística' libreta en mano. Las 1.781 viviendas que ofrecen ya 8.700 camas en Málaga -pronto más que las de hoteles-, no paran de crecer pero lo hacen sin radares ni guardias a la vista. Por ahora.

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