Los mendigos

La mendicidad es una especie de poesía política de este tiempo; es un adiós a la civilización

MANUEL VILAS

Los mendigos caminan por las ciudades. En Tokio, en Nueva York, en Buenos Aires, en Madrid, en Roma, en París. Los he visto en todas partes. Están aumentando, los ves en todas las ciudades españolas. En el mundo rico, y en el Tercer Mundo. Dormir en la calle, vivir en la intemperie, regalar a tu cuerpo miseria y sufrimiento, como si fuese el cuerpo de un desconocido, eso es la mendicidad. Hace pocos días estuve en México, y vi mendigos allí en el desamparo más radical. Parecían salidos de la película 'Los olvidados' de Luis Buñuel. Pero también los veo en las ciudades estadounidenses. ¿Qué es ser un mendigo? Ser un mendigo es no oír tu nombre en los labios de otro ser humano ya nunca más, es cosechar podredumbre, amamantar silencio, alimentar demolición, es tener espinas en el esófago. A veces los mendigos pueden dar la sensación de que ya no quieren limosna ni quieren auxilios ni solidaridad ni trabajo ni casa ni escuela ni libros ni familia. Parecen desertores de la realidad. Una especie de anarquismo pacífico, de un ensimismamiento aterrador. Van bajo el sol, se consagran en el viento. No creen que el mundo sea real, pero su modestia les obliga al silencio. A veces me quedo mirando las camas que se construyen en medio de la calle. Con la mugre, con la suciedad, con la basura moldean una especie de hogares mínimos. Amontonan en carros metálicos su ropa, su pasado, sus recuerdos si los tienen.

En Chicago vi mendigos viviendo en tiendas de campaña al lado del lago Michigan, en un lugar inaccesible. El lugar era hermoso, las tiendas de campaña estaban, sin embargo, sucias y rotas. En México a los mendigos que piden en la calle la gente les dice «ahora no, luego». Y se marchan. Se pospone la decisión de dar una limosna a un futuro incierto, pero no se les dice que no. Es como una especie de cortesía. La mendicidad creciente desestabiliza la realidad. Parece que los mendigos no creen en una sociedad mejor ni en el progreso de la historia. La ceguera con que se visten desnuda la tierra. Elevan la ruina personal hasta tocar las galaxias. En alguna manera, la mendicidad es una especie de poesía política de este tiempo. Los mendigos pueden recordarte que tampoco hay mucha distancia entre ellos y tú. Hay un toque de nihilismo en la mendicidad contemporánea.

La mendicidad hace tiempo que dejó de ser decimonónica. Tal vez haya una mendicidad posmoderna que no quiere ser redimida. Es un adiós a la civilización. A estas alturas de la historia, nadie sabe qué es la libertad. Por eso, cuando veo a los mendigos debajo de los puentes, en los arcenes de las avenidas, tumbados al lado de los árboles de los parques públicos, tirados en las estaciones del metro, sentados en bancos frente a un río, o frente al mar, sin nada que hacer en todo el santo día, me siento tentado de irme con ellos.

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