Repaso Semanal

La mejor medida de Susana Díaz

Susana Díaz, junto al consejero Antonio Ramírez de Arellano. /josé manuel vidal. efe
Susana Díaz, junto al consejero Antonio Ramírez de Arellano. / josé manuel vidal. efe

La gratuidad de los estudios superiores provoca un efecto llamada similar al impuesto de sucesiones de Madrid que tanto se critica

Javier Recio
JAVIER RECIOMálaga

La gratuidad de los estudios universitarios para los alumnos que aprueben es sin duda la mejor medida que ha adoptado Susana Díaz durante su mandato. O al menos la que afecta de una manera clara y sin vericuetos administrativos a los estudiantes, o mejor dicho, a la familia de los estudiantes, que son las que por lo general tienen que hacer frente al pago de las matrículas. La norma está especialmente bien porque afecta a todos los estratos sociales. Incluida la siempre olvidada clase media, a la que sólo se mira normalmente para que pase por caja. Es difícil encontrar a alguien que no le guste pagar unos cuantos euros cuando antes tenía dejarse unos ochocientos. Hay quien pueda pensar que esta decisión la adoptó Susana Díaz para tapar su fallido asalto al poder en el PSOE nacional. Es posible, aunque sea como fuere ha mantenido su palabra y la ha puesto en práctica en tiempo y forma. La verdad es que no hay motivo para que todas las enseñanzas sean gratuitas menos la superior. Es una cuestión ideológica que por supuesto tiene su coste, como lo tiene pagar las guarderías, los colegios de primaria o los de secundaria. Cierto es que la enseñanza universitaria no es obligatoria, como las demás, pero también hay que tener en cuenta que se deben dar todas las facilidades para que la gente siga estudiando. Una sociedad bien formada es una sociedad mejor. Esta medida ya está produciendo un aumento significativo de estudiantes en las universidades andaluzas. El consejero Ramírez de Arellano, al que hay que felicitar por la rápida puesta en marcha de esta iniciativa, apuntó que se ha producido un aumento del 30% de estudiantes en másteres. Algo inaudito. Reconoció en definitiva que hay un efecto llamada. Y es aquí donde se puede dar una paradoja para la Junta, porque está triunfando con una cosa que critica a voz llena. Esta bonificación del 99%, que casualmente es la misma que aplica la Comunidad de Madrid en el impuesto de sucesiones, puede entenderse desde universidades de otras comunidades del país, por ejemplo las madrileñas, como una competencia desleal. Como un ‘paraíso universitario’, o sea, donde aquí no se paga si se estudia. Con esta medida se demuestra que desde las comunidades se puede hacer política de verdad, se pueden adoptar medidas que favorecen a los ciudadanos y que suponen un atractivo para los ciudadanos de otras regiones. En definitiva, hace que Andalucía sea mejor. A ver si aprenden la lección y se dan cuenta de que no vale con criticar lo bueno que hacen los demás, sino ponerse a trabajar y a ofrecer este tipo de alternativas, que es de justicia reconocer como una gran medida. Matrícula de honor para Díaz.

Justicia. El caradura Carlos Fernández

Una de las noticias de la semana es que Carlos Fernández, exedil del Ayuntamiento de Marbella procesado por el ‘caso Malaya’ se ha entregado. Tiene ganas de volver a España después de haber estado once años huido de la justicia bajo el amparo de la prescripción. Es difícil entender que este tipo de cosas pueda ocurrir, o sea, que esta persona no pague por los delitos que presuntamente ha cometido como lo están haciendo por ejemplo sus propios compañeros de partido, el extinto PA. Este hecho debe tomarse como un fracaso del Estado, que a la postre es el que tiene la obligación de perseguir a los delincuentes, de ponerlos a disposición de los jueces para que se cumpla la ley. El sistema de prescripción del delito es básico en los países garantistas, en los que nadie está perseguido de por vida, salvo en contadísimos delitos que no prescriben nunca. Ahora bien, dicho esto, hay que apuntar que la prescripción no convierte a Carlos Fernández en un ejemplo a seguir. No se le puede decir que sea formalmente un delincuente, aunque desde la calle se le calificará, como poco, como un grandísimo caradura.

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